Chivato

Chivato

Chivato.

A los verdugos se les reconoce siempre.Tienen cara de miedo. —Sartre—

Se han llevado a Nicasio Sacristán a la plaza de toros.
—Mecagüendios.
El Árcangel San Miguel recibe el exabrupto con indolencia, sus ojos de madera ni siquiera esbozan un reproche. Es de noche y ambos se encuentran en la capilla del Patronato, iglesia que con los años será lugar de reunión de asambleas clandestinas de la HOAC (que con el tiempo germinarán en la creación de CCOO). Pero estamos a martes 6 de mayo de 1947 y esa noche la capilla sestaoarra no ofrece otro amparo que el más evidente: ser un escondite.
—Mira —José Luis El Maño le extiende a su compañero un papel de prensa de fecha 3 de mayo—. Lee lo que han escrito sobre nosotros estos fascistas.
Roberto Díaz coge la hoja de El Correo Español – El Pueblo Vasco que se le ofrece. Aunque tiene veintitrés años y los ojos de soldador empiezan a flaquear, Roberto acierta a leer en la semioscuridad: «¡Víctimas siempre de la falta de conciencia de los agitadores profesionales que no dan la cara, atentos a eludir su responsabilidad criminal!». Pero ¿qué acusaciones eran esas? ¿Agitadores profesionales? ¿Criminales ellos? Una rabia intestina cruza el estómago de Roberto. Es verdad que ambos habían secundado la huelga general convocada el 1 de mayo por UGT, ELA-STV y CNT, ¿pero acaso eso les convertía en criminales? ¡Ellos eran trabajadores de la Babcock Wilcox! ¡Caldereros metalúrgicos, carajo!
—Cuentan que Bilbao está tomada por el ejército —añade El Maño con deje cansado—. Y que son tantos los detenidos que han empezado a meterlos en la plaza de toros. Como a Nicasio.
—Hijosdeputa —susurra Roberto.
—También se cuenta que ayer Altos Hornos fue ocupado por la Policía Armada.
La situación, sopesa Roberto, es ciertamente desesperada. Llevan huyendo desde que un par de días antes, el 3 de mayo, desobedecieran la orden de libertad vigilada del Gobernador Civil de Vizcaya, Genaro Riestra. Eso les convertía en fugitivos, en víctimas propiciatorias para las patrullas de falangistas que recorrían la margen izquierda. Es más, a todos los efectos ambos podían considerarse entre los 14.000 despedidos con que se saldó la primera jornada de huelga, edicto franquista mediante. No tenían trabajo, no tenían apoyos y los enemigos se multiplicaban.
—¿Qué podemos hacer? —pregunta Roberto, pero más parece una pregunta retórica.
Roberto se fija en las manos de su amigo, grandes como palas, bruñidas como el metal. Manos de fundición, ardientes, trabajadas. Manos igual que las suyas. Ellos sólo están luchando por unas condiciones de vida más dignas, por enfrentar el hambre, ¿cuándo y cómo se han convertido en delincuentes? Era cuestión de tiempo que fueran apresados, torturados quizá, y ambos lo sabían.
—¿Qué vamos a hacer? Te voy a decir lo que vamos a hacer —en el rictus de El Maño se dibuja una mueca cruel—, así sea lo último que hagamos en vida. Vamos a ir a por El Comadreja.

II.
Roberto y José Luis aprovechan el amanecer para salir del Patronato y subir por Queipo de Llano (calle que la gente sigue llamando Los Baños). Los amaneceres en Sestao son siempre grises —gris metal, gris del cielo, de las nubes amenazando con fría lluvia gris—, y esa mañana de miércoles 7 de mayo de 1947 no es una excepción. El gris no es un color, es la ausencia del mismo, pondera Roberto. Perpetuo gris Sestao.
Así las cosas, lloviznando, la pareja asciende la cuesta que lleva hasta la Gran Vía de Carlos VII. Observan y se sienten observados, vigilantes de que una patrulla de falangistas no aparezca al final de la calle. Eso sería el fin. Pero ahora comparten un objetivo y caminan hacia él con determinación. El Comadreja, de nombre Jesús Carrasco, es el delegado falangista que dio sus nombres cuando empezó la huelga. El chivato. El maldito chivato. Le darán la paliza de su vida.
—Chist, ¡calla! —Roberto le hace un gesto a su compañero—. Rápido, escondámonos.
Veloces como flechas se esconden bajo el balcón de La Galana, al amparo de una sombra, justo a tiempo de ver pasar una patrulla. Sus camisas azules les delatan, falangistas con patente de corso. Un transeúnte se cruza con ellos y los falangistas le gritan «¡Viva Rusia!». Se trata de una provocación, claro; así que el transeúnte agacha la mirada y continúa acobardado su camino, en silencio. Ha hecho bien. Si hubiese respondido al viva, o incluso si hubiera contestado cualquier cosa, le habrían apaleado sin compasión. Pasar inadvertido es el único método de defensa propia en estos días de 1947.
—Malditos sean —musita bajo su barba José Luis El Maño—. ¡Cómo odio a estos sembradores de miedo!
—Guarda tu rabia para El Comadreja —le tranquiliza Roberto con la ligereza de su juventud—. Él pagará por todos.
Dejan transcurrir cinco minutos hasta que abandonan su refugio oscuro del balcón. Cualquier precaución es poca. Aspiran una bocanada de angustia y reparan en que el aire hoy no huele a humo, señal inequívoca del éxito de la huelga. Aunque ésta flaquee, han conseguido detener las perennes fumaradas.
Sin más contratiempos, hisopados bajo el sirimiri, consiguen alcanzar el caserío Landa y de ahí a la pequeña casa de El Maño donde confían no les hayan ido a buscar. De todas formas no van a perder más de diez minutos, otro curso de acción sería insensato. Comer algo de pan, hacerse con cuchillos de cocina y salir de nuevo. Ese es el plan. Pero están a puntos de abandonar la casa cuando llaman a la puerta.
—¡Silencio! —ordena Roberto—. Puede ser la Guardia Civil. O los falangistas.
Una calma tensa, como si la realidad se filtrara a través de una gasa, flota en ese momento. Les resulta sencillo imaginar su futuro cercano, siendo detenidos, arrastrados, golpeados hasta la extenuación. Un futuro cercano de dolor y sangre. ¡Pom, pom!, alguien vuelve a golpear la puerta. Los aldabazos son el sonido del terror.
—¿José Luis? —al otro lado de la puerta alguien pronuncia su nombre—. Soy yo, Ernesto. Tu primo.
Ambos respiran aliviados, soltando todo el aire de su pecho. Ernesto es un amigo y compañero, trabajador de La Naval. Le hacían detenido desde el principio de la huelga, no obstante ahí está. Abren la puerta con sigilo y le hacen pasar.
—Ernesto, mecagonlaleche —le dice José Luis—, ¡qué miedo nos has hecho pasar!
—No es para menos, ¿no os habéis enterado? —informa Ernesto—. En Bergara han asesinado a un sindicalista. Un tal Unzurrunzaga, apodado Xabale. Un suicidio, han dicho. Ya sabéis, un suicidio de los que estos son expertos.
—Asesinos —define Roberto.
—Hijosdeputa.—concreta El Maño.
—Por lo demás —prosigue Ernesto—, la Papelera de Arrigorriaga se ha sumado a la huelga. También los panaderos. Pero cuanta más gente se suma, tanto más aumenta la represión. Dicen que hay más de 5.000 trabajadores retenidos en la plaza de toros.
—Ayer detuvieron a Nicasio y lo llevaron allá —interviene Roberto—. Pronto no será suficientemente grande para contener a todos.
—Cuando eso ocurra, no tengas dudas de que comenzarán a tirar gente a la ría —apostilla José Luis—. Esta gente no tiene madre.
Un silencio pesado cae sobre los tres. No tienen duda de que así ocurrirá si llega el caso.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? —inquiere Ernesto—. No es lugar seguro.
Roberto y José Luis se escrutan, dudando si hacer partícipe a Ernesto de su plan. No es un tema de desconfianza, sino de precaución. Ernesto luchó en la guerra civil y acabó confinado en el campo de concentración de Buchenwald, donde le marcaron con un triángulo rojo invertido, identificativo de comunista. Sobrevivió de milagro. No, absolutamente ninguna suspicacia hacia el camarada Ernesto. Pero cuanto menos sepa, mejor para él.
—Hemos venido a recoger algunas cosas —explica Roberto de forma inespecífica —. Nos íbamos ya.
Ernesto mira el rostro desencajado de sus amigos, la gravedad de su gesto. Y entiende. A menudo hay silencios más elocuentes que las palabras.
—Tened cuidado —es capaz de decir.
Se despiden con un abrazo y salen de la casa; Ernesto por un lado y Roberto y José Luis por otro, hacia el Valle de Trápaga, donde habita El Comadreja. Con la determinación de los homicidas, caminan. Como estantiguas justicieras descienden por los terrenos de Galindo, sosteniendo sus armas mientras atraviesan la rivera pantanosa, los barrizales de óxido. Sus dientes son de caimán.

III.
Cerca del Palacio Olaso. Es la madrugada del 7 de mayo de 1947 y sobre el Valle de Trápaga cae una pátina oscura, desdibujando los edificios, confiriendo al conjunto alma de daguerrotipo. Roberto y El Maño se han escondido en las huertas lixiviadas de Elguero, esperando la noche, y la humedad se les ha metido en los huesos. Tienen frío y están hambrientos. Por la mente de Roberto cruza un recuerdo de su padre, que formó parte de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) y falleció en la guerra. José Luis El Maño tiene cuarenta y tres años y también piensa en la guerra, pero en primera persona: él estuvo en la batalla de Belchite y no le gusta hablar de ello
Son poco antes de las dos de la madrugada cuando escuchan el tintineo de una bicicleta, su soniquete metálico rompiendo la paz de esa hora. Jesús Carrasco, El Comadreja, no tiene otro vicio conocido que las dos ruedas. Las dos ruedas y la delación. Al final aparece por la esquina.
—Se creerá Gino Bartali, el mamón —escupe Roberto.
El Comadreja desciende de la bicicleta y saca las llaves de su casa. A pesar de la escasez de luz, el azul de su camisa brilla con el color de la vileza. Azul falangista, azul sangre. El azul abismo de la maldad.
—Como grites, te clavo esto en el pulmón —José Luis El Maño ha salido sigiloso de su escondrijo y apoya un punzón sobre la espalda del chivato—. Como hay puto Dios que te lo clavo.
—Vamos, adentro —ordena Roberto.
Las gigantescas manos de José Luis sostienen el punzón con fuerza, atravesando la ropa de El Comadreja, que obedece y calla. El rostro del chivato se muestra lívido, ajeno a cualquier otra expresión que no sea el terror. Es curioso, reflexiona Roberto, seguramente ha pasado el día repartiendo el mismo miedo, disfrutando del poder que le da atacar en grupo. Pero en soledad sólo es un cobarde más. Un mierda cobarde más.
Con el arma entibada tras su hígado, acceden a la vivienda del chivato. La casa de El Comadreja, observan, no es mucho mejor que la suya, no muestra la prosperidad que cabría esperar de una alimaña delatora. Las paredes muestran desconchados como una piel que se despellejase. Por todas partes hay repartida suciedad, mugre en tal cantidad que la estancia posee un efecto emético, esto es, da verdadero asco. El Comadreja es un animal, concluyen, y vive como tal.
—Esperad… esperad… —espesos churretones de sudor caen desde el pelo aceitado del del chivato—. Antes de hacer nada, escuchadme. Os puedo ofrecer un trato. Un buen trato. Hablemos.
—¿Hablar? —con severidad la voz de José Luis rompe la noche—. Con los fascistas no se puede hablar, hay que combatiros a hostias.
Pero El Comadreja no escucha y les tiende un papel. Se trata de un papel manoseado con membrete oficial del Régimen.
—Leed, leed lo que pone—les insta el chivato—. Se ha hablado con el subsecretario de industria y antiguo director de AHV, Eduardo Mellero. Tiene la orden de no negociar con huelguistas. Franco no negocia.
Roberto y El Maño leen la orden ministerial y en su cara se dibuja algo parecido al desánimo. El Comadreja continúa:
—Además, internacionalmente no tenéis apoyos. Me consta de buenas fuentes que José Antonio Aguirre va a desconvocar oficialmente la huelga en un par de días. El PNV ordena la rendición desde el exilio, aparecerá en el Euzko Deya. Se acabó.
Si eso era cierto, el cinturón industrial de la Ría del Nervión estaba perdido y la huelga habría sido un fracaso. Sin embargo, a la mente de ambos viene entonces el momento de la asamblea del 30 de Abril, en la Babcock Wilcox. José Luis El Maño había estado entre las voces cantantes y en un momento dado la juventud entusiasta de Roberto había levantado el brazo de su amigo y proclamado: «¡Abriremos la cabeza de los esquiroles!». Eso les puso en la picota. El Comadreja no necesitó más para señalarles como instigadores. Al día siguiente fueron despedidos.
—La huelga quizá habrá sido un fracaso —Roberto arruga con rabia el papel ministerial—, pero tú pagarás por todos.
—Pero, ¿no entendéis? —El Comadreja junta las manos en señal suplicante, agrandando sus ojos de topo—. Ahora mismo soy vuestra mejor opción. Puedo conseguir que os readmitan en la fábrica. ¡Que os readmitan a los dos! Y prometo no contar nada de esta noche.
Durante una fracción de segundo, ambos sopesan la oferta del chivato. Pero, ¿acaso alguien se puede fiar de un delator? ¿De un falangista? ¿De una rata? Sin mediar palabra, la mano gigante de El Maño impacta contra el estómago del chivato. Un golpe seco, demoledor, del mismo mineral de hierro que esa mano trabaja a diario.
— ¡Chivato! —y escupe al suelo.
Jesús Carrasco, El Comadreja, cae al entarimado. Sus brazos se retraen y parecen los de un tullido. Se dobla de dolor y gimotea lastimeramente.
—Mira, se ha meado —señala Roberto.
Es cierto, un olor amoniacal invade la estancia y un surco oscuro se dibuja en la pernera del chivato. Pero algo resulta anormal en sus movimientos: El Comadreja ha comenzado a convulsionarse. Se golpea la cabeza contra el suelo a la vez que violentos espasmos le recorren el cuerpo.
—Hostia, le está dando un ataque. ¡Qué fuerte le has pegado!
— Sólo ha sido un puñetazo —se excusa El Maño.
Pero el organismo del chivato no escucha y sigue con su baile enérgico, las cuencas de sus ojos blanqueándose, su lengua retrocediendo hasta la tráquea, bloqueando el aire que debería entrar por su garganta. Todo sucede muy rápido, en segundos el rostro de El Comadreja torna de un color rojo cereza, sus facciones desencajadas, su nariz rezumando una mucosidad gelatinosa. Roberto y José Luis contemplan la escena sin atreverse a intervenir; además, si piden ayuda, ¿cómo explicar qué hacían a esa hora en casa del delegado falangista?
La agonía se prolonga un par de minutos hasta que en un momento dado el cuerpo del chivato se detiene. Deja de moverse. Del todo. Un hilo de saliva fluye de esa boca antes delatora. Su pelo lardoso cae ahora exangüe.
—¿Está muerto? —pregunta Roberto, sus ojos dejando entrever el terror por lo observado.
—Sí —El Maño se ha agachado y toma el pulso en el cuello—. Mecagondios, si casi no lo he tocado.
Roberto se echa a llorar. Sus veintitrés años fantasean con acusaciones de asesinato y el garrote vil. Su juventud nunca ha visto tan cerca la muerte.
—Nosotros sólo queríamos asustarlo, darle una lección, ¿verdad, José Luis?
—Se ha muerto de miedo, no le des más vueltas —su amigo se inclina hacia él y lo arrastra hacia el exterior—. Vamos, Roberto, salgamos. Es mejor que marchemos de este lugar cuanto antes.
La noche cerrada de Trápaga les recibe como una placenta acogedora. La oscuridad es su amiga, oh, brillante calígine que les ampara y les oculta mientras huyen, corriendo entre huertas, dejando atrás el cadáver del chivato.
—Nosotros no somos asesinos, ¿verdad, José Luis? —Roberto no se cansa de preguntar—. No lo somos, ¿verdad, maño?

IV.
La arena se mezcla con la desesperanza sobre el coso bilbaíno. Se estima que, a falta de un lugar mejor donde retenerlos, son más de 6.000 los huelguistas confinados en la plaza de toros de Vista Alegre. Roberto y El Maño llevan en ella desde ayer, 9 de mayo, cuando se entregaron a las autoridades. Han dormido al raso, sobre el hormigón, y están exhaustos.
—¡Roberto! ¡Maño! —a mediodía alguien les saluda entre la marea humana.
Delante de ellos aparece Nicasio Sacristán, sonriente, sus brazos fraternalmente abiertos. José Luis le abraza con efusividad; Roberto le da la mano, pero esta cuelga blanda. Roberto muestra un semblante triste, lleva varios días sin dormir.
—Esto ha terminado, amigos míos —les informa Nicasio—. En Radio Euskadi no dejan de emitir el comunicado de José Antonio Aguirre. En nombre del Consejo de la Resistencia y de las tres organizaciones sindicales, el Gobierno Vasco pide que nos reincorporemos al trabajo.
—¿Reincorporarnos al trabajo? —pregunta El Maño—. ¿Cómo?
—Se habla de solicitudes individuales de readmisión —comenta Nicasio—. Cada trabajador ha de solicitar su incorporación y será la empresa quien decida. Pero se da por hecho que perderemos la antigüedad. Es su manera de hacernos saber que hemos sido derrotados.
Definitivamente, la huelga había sido un fracaso. Ningún objetivo había sido conseguido, más allá de cierta repercusión internacional. Pero a efectos prácticos, los trabajadores del metal estaban peor que antes de empezarla.
— De lo malo —sonríe Nicasio—, también se rumorea que a ese compañero falangista vuestro, Carrasco, lo han encontrado muerto en su casa.
— ¿Muerto? ¿Cómo que muerto? —le interpela Roberto sin intentar ocultar su nerviosismo.
— Un cólico miserere, que sé yo —se burla Nicasio—. Le debió pegar un ataque. Lo mismo da, un fascista menos.
Roberto agacha la mirada y densas lágrimas de drupa, incontinentes como calamocos, se descuelgan desde sus ojos. La tensión acumulada en los últimos días ha sido brutal. El miedo. La incansable culpa.
—Tranquilo —El Maño cruza una mano por el hombro de su amigo, intentando tranquilizarle—. No pasa nada, tranquilo.
Una idea fugaz cruza la mente de José Luis: quizá dentro de décadas la huelga será recordada como un acto de resistencia y dignidad, pero esa mañana de 10 de mayo de 1947 la huelga es lo más parecido a un naufragio. Por lo que a él respecta, lo único bueno que sacaba de ella era la muerte de El Comadreja. Joder, qué coño, sólo por ver la lengua fuera del chivato, sus ojos de pescado muerto, ya había valido la pena.
Sin mucho más de que hablar, se despiden de Nicasio y aguardan sobre el tendido. Al igual que ellos, los miles de huelguistas conforman una tropa desmoralizada. Trabajadores de Altos Hornos, de Euskalduna, de La Naval, de Aurrera, de Basconia, todos vencidos. Nadie se ha preocupado en días de darles de comer, así que están cansados y famélicos. Sobre el graderío se suceden los cuerpos tumbados, exánimes. José Luis El Maño dedica las horas a mirar con aburrimiento un punto en el infinito. Por su parte, Roberto entrelaza sus manos en contracciones repetitivas, sistemáticas, definitivamente histéricas, los músculos de su cuello tensos como cadenas de Vicinay.
— Voy a mear —anuncia Roberto en un momento dado.
Pero cuando vuelve, no regresa solo. José Luis, estupefacto, le ve llegar acompañado de dos guardiaciviles que le escoltan. Roberto gimotea como un niño, de una forma patética e inconsolable, pero aun con los ojos anegados, levanta el brazo y señala a El Maño en presencia de los verdes. Es un gesto sencillo realizado con el dedo, pero cargado de un significado macabro. José Luis comprende, al igual que comprenden todos los que presencian lo que acontece. ¿Quieres hacer daño a un hombre? Es sencillo, clávale un puñal y consigue que la empuñadura la sostenga su mejor amigo.
— ¡Chivato! —grita alguien a espaldas los guardiaciviles.

No hay nada que hacer. Sin oponer resistencia, los dos guardiaciviles levantan a El Maño y lo conducen a través del patio de arrastre. José Luis intenta cruzar la mirada con Roberto, mirarle a los ojos, escrutar algún gesto de vergüenza en su semblante traicionero, pero este humilla la cabeza avergonzado. Al contemplar la escena, resulta inevitable no pensar en El Maño como en un toro camino al desolladero.
Los guardiaciviles se van y Roberto queda en el centro de la plaza. Rodeado de gente y sin embargo solo. El desprecio que experimenta, autodesprecio en gran medida, no le abandonará nunca.
A José Luis El Maño nadie le volverá a ver. Jamás. Ni vivo ni muerto.

V.
La margen izquierda regresa a su cansancio ferruginoso, a su vivir atabacado. Las chimeneas de Sestao, Baracaldo, Ortuella, Bilbao, pertinaz, indestructiblemente, vuelven a respirar triste ceniza cris. La contaminación recupera su aliento. 12 de mayo de 1947 y los mandos franquistas hacen público el siguiente texto:
“Ante la inexactitud de las informaciones esparcidas por las radios extranjeras a propósito de los conflictos de Bilbao y de Guipúzcoa, la Dirección General de Seguridad comunica que, tanto en Bilbao corno en Guipúzcoa, todos los obreros han reanudado el trabajo sin el menor incidente. La situación en todo el País es absolutamente normal.”
La situación en todo el país es absolutamente normal, aseguran; y no mienten. Nada ha cambiado. Las fábricas vuelven a humear, los trabajadores a trabajar y los falangistas a su siniestra y metódica labor. Obediente, el dinero continúa al lado del dictador —situación, que perdurará décadas, incluso muerto el caudillo—, y la sensación compartida es que la huelga general no ha servido para nada.
El mundo gira y sobre el mundo hay un nuevo chivato.
Absolutamente normal.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

José Luis Martínez Ocio
Presidente de “Martxoak 3 Elkartea”.

La historia nos demuestra que la única forma de conseguir objetivos ya sean sociales, laborales, sindicales, políticos o de cualquier índole es la lucha y la movilización popular.

El movimiento huelguístico llevado a cabo por la Clase Trabajadora en Vitoria-Gasteiz en marzo de 1976 es un buen ejemplo de ello.

Contexto
Recién muerto Franco, el régimen dictatorial implantado tras el golpe militar de 1936 seguía intacto en el Estado español. No existían derechos ni libertades, los derechos humanos eran vulnerados de forma continuada, los políticos que gobernaban con Franco seguían en sus tareas en el nuevo gobierno instaurado, ni el ejército ni los cuerpos represivos habían sido depurados, más de lo mismo pasó con la judicatura, la jerarquía eclesiástica seguía colaborando activamente con el régimen, el sindicato Vertical continuaba intacto, etc. etc. etc. En definitiva, el periodo abierto llamado de Transición no era otra cosa en la realidad que una continuidad del franquismo.

En aquellos años se dio una importante industrializa-ción en Álava y especialmente en su capital Vitoria-Gasteiz. Empresas multinacionales como Mercedes Benz, Michelín eran una muestra, también había otras importantes como Forjas Alavesas a las que había que añadir otras más provenientes de Gipuzkoa y Bizkaia. La capital alavesa triplicó su población en apenas 25 años, entre 1950 y 1975, pasó de 52.000 a superar los 150.000 habitantes. Miles de personas llegaron en busca de trabajo y oportunidades, muchas venían desde otras regiones del Estado, como Castilla, Andalucía, Galicia o Extremadura. También es de resaltar la gente proveniente de los pueblos de la provincia desplazados a la capital para trabajar.

Las condiciones laborales eran precarias con salarios míseros por lo cual era necesario meter muchas horas para así poder hacer frente a la carestía de la vida agravada por la alta inflación reinante. A ello había que unir una patronal intransigente que no admitía ninguna reivindicación social o laboral.
La revolución demográfica producida por la industrialización había transformado la ciudad y creó condiciones muy interesantes en un momento histórico apropiado. En un contexto de crisis económica, con el conflicto político entre ruptura y reforma con la dictadura planeando, miles de trabajadores iban a protagonizar un proceso obrero que puso en jaque el guion establecido por las élites franquistas.
El movimiento huelguístico
En ese contexto político y sociolaboral se fue gestando en Vitoria-Gasteiz una inquietud y la necesidad de alcanzar unas condiciones laborales y sociales dignas; en definitiva, la consecución de derechos y libertades de los que se carecían.
Aunque algunas fábricas ya habían iniciado paros desde finales de 1975, puede decirse que el auge del movimiento huelguístico comenzó con la salida a la huelga de Forjas Alavesas el 9 de enero de 1976. Tras esta fábrica, fueron varias las empresas que se sumaron y en total más de 6.000 trabajadores y trabajadoras los que al final se agruparon en el movimiento huelguístico.

Lo primero que se hizo fue no reconocer a los jurados y enlaces de empresa pertenecientes al Sindicato Vertical y cada fábrica, reunida en asamblea, eligió a sus propios representantes. La asamblea fue el elemento principal de la lucha pues en ella se tomaban las decisiones contando con la participación, opinión y consideración de todos y todas las participantes. Los y las representantes elegidos en ellas eran meros transmisores ante los empresarios de las demandas planteadas, pero en ningún caso podían decidir nada, era la asamblea la que tomaba las decisiones. Se formó la Coordinadora de empresas en lucha que agrupaba a los representantes de cada una de ellas.

La tabla reivindicativa era prácticamente común para todas las empresas y abordaba:
A nivel salarial se pedían 5.000 o 6.000 pesetas de aumento lineal para todos, se rechazaba el aumento porcentual pues agrandaba las diferencias entre categorías. Se pedían 40 o 42 horas semanales, además de un mes de vacaciones, puentes, media hora para bocadillo, etc.
También se incluían en las demandas; Jubilación a los 60 años, 100% en caso de accidente y enfermedad, reducción de escalones, etc.
En un primer momento las asambleas se celebraban en los propios centros de trabajo, pero al persistir la huelga y cerrar los empresarios las fábricas, se trasladaron a las iglesias de los diferentes barrios con la permisibilidad de los párrocos de las mismas. Cada fábrica tenía su templo y las asambleas conjuntas se celebraban en la iglesia de San Francisco de Zaramaga.
El proceso tuvo un punto de inflexión cuando se dieron los primeros despedidos y detenidos durante el conflicto, entonces se dejó de lado toda reivindicación sociolaboral y se priorizó la reivindicación “ningún despedido, ningún detenido”.
Debemos resaltar también el papel fundamental que tuvieron las mujeres, tanto las que secundaron la huelgas como las compañeras de los obreros en huelga que les animaban a seguir con la lucha. Las manifestaciones que protagonizaron dieron visibilidad de forma especial al conflicto.

Día 3 de marzo
El 3 de marzo era el tercer día de huelga general convocada en Gasteiz en apoyo y solidaridad con los y las afectadas por el conflicto. A diferencia de las otras dos convocadas semanas antes, la respuesta de este día triunfó plenamente. A la gente que ya estaba en huelga se unió la de otras empresas, los estudiantes, el comercio, las amas de casa, en definitiva, la ciudad se paralizó y salió a la calle en protesta por la intransigencia de la patronal y la represión ante las movilizaciones que se venían dando.

 

El movimiento generado en la capital alavesa molestaba de manera especial tanto a los empresarios como al gobierno pues rompía los esquemas y planes establecidos y podía ser secundado en otros lugares. Por eso, ese día la represión fue brutal desde primeras horas. Las iglesias, hasta ese momento respetadas, fueron invadidas por una actuación policial fue salvaje y se dieron los primeros heridos por disparos de fuego real.
A la tarde, y tras una tensa calma en la ciudad en las horas de la comida, había convocada una asamblea a las 17:00 h en la iglesia de San Francisco para valorar la jornada de movilización. De esa asamblea tenían todos conocimiento, también la autoridad gubernativa. Lejos de impedir el acceso a la gente a la celebración de la asamblea en la iglesia, la policía apostada en los alrededores permitió su entrada. La iglesia se llenó con entre 4.000 y 5000 personas y fue en ese momento cuando la rodeó y sitió.
La policía trasladó al párroco que debían desalojar el templo porque era “una reunión no autorizada”. Su respuesta fue que era pacífica sin alteración alguna del orden y que no lo iban a hacer ante la amenazante actitud policial en el exterior. Hay que decir que en el exterior se encontraban unas 10.000 personas que no habían podido acceder al templo.
Ante la negativa a salir de la iglesia, la policía gaseó el recinto religioso con botes de humo y gases lacrimógenos produciéndose un infierno con la gente aterrorizada y asfixiándose. Se rompieron las ventanas para poder escapar, pero la policía estaba apostada golpeando a quien lo intentaba. Al ver la situación, la gente que se encontraba en el exterior empezó a insultar y lanzar objetos a la policía para atraer su atención para así dejar franca la salida. La policía entonces empezó a disparar fuego real indiscriminadamente tanto a los que huían del templo como a los que estaban fuera de él. 3 jóvenes obreros, Pedro Mº Martínez Ocio de 27 años, Francisco Aznar Clemente de 17 años y Romualdo Barroso Chaparro de 19 años fueron asesinados en ese primer momento y más de 150, unos 50 por disparos, resultaron heridos de diversa consideración que requirieron ingresos hospitalarios. El día 7 de marzo moriría José Castillo García de 32 años y el 5 de abril lo haría Bienvenido Pereda Moral a consecuencia de las heridas de bala producidas.
Los días siguientes prosiguió la represión y se produjeron nuevas personas heridas, algunas de extrema gravedad. Igualmente, todas las expresiones de solidaridad mostradas en diferentes lugares del Estado español fueron brutalmente reprimidas produciéndose dos nuevos asesinatos, Juan Gabriel Rodrigo Knafo de 19 años el 6 de marzo en Tarragona y Vicente Antón Ferrero de 18 años en Basauri.
De la intencionalidad y premeditación con la que se actuó dan muestra estas conversaciones grabadas a la policía a través de la FM (Frecuencia Modulada) de la radio:
… “V-1 a Charlie. Cerca de la iglesia de San Francisco es donde más grupos se ven.”
“Bien, enterado…” Charlie a J-1. Al parecer en la iglesia de San Francisco es donde más gente hay. ¿Qué hacemos?”
“Si hay gente… ¡a por ellos!”
“¡Vamos a por ellos!”
“J-1 a Charlie. Charlie, a ver si necesitas ahí a J-2”
“Envíalo para aquí para que cubra la espalda de la iglesia.”
“J-3 a J-1 Estamos en la iglesia. “¿Entramos o qué hacemos? Cambio.
….Entonces lo que te interesa es que los cojan por detrás.”
“Exacto”.
“J-1 a J-2 Haga lo que le había dicho (acudir en ayuda de Charlie a Zaramaga)”.
“Si me marcho de aquí, se me van a escapar de la iglesia.”
“Charlie a J-1. Oye, no interesa que se vayan de ahí, porque se nos escapan de la iglesia.”
….Mándennos refuerzos, si no, no hacemos nada; si no, nos marchamos de aquí…si no, vamos a tener que emplear las armas de fuego.”
“Vamos a ver, ya envío para allí un Charlie. Entonces el Charlie que está, J-2 y J-3, desalojen la iglesia como sea. Cambio.”
“No…podemos desalojar, porque entonces, entonces… ¡Está repleta de tíos! Repleta de tíos. Entonces por las afueras tenemos…Rodeados de personal ¡Vamos a tener que emplear las armas! Cambio.”
“Gasead la iglesia. Cambio.”
“Interesa que vengan los Charlies, porque estamos rodeados de gente y al salir de la iglesia aquí va a ser un pataleo. Vamos a utilizar las armas. Seguro, además….¿eh?
“Charlie a J-1. ¿Ha llegado ya la orden de desalojo a la iglesia?
“Si, si la tiene J-3 y ya han procedido a desalojar porque tú no estabas allí.”
“Muy bien, enterado. Y lástima que no estaba yo allí.”
“Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones.”
“¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí Ya hemos disparado más de dos mil tiros.”
…. “¿Cómo está por ahí el asunto?”
“Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo.”
“¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio!
“Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia.”
“….aquí ha habido una masacre. Cambio”
“De acuerdo, de acuerdo.”
“Pero de verdad una masacre”

Fraga Iribarne, entonces Ministro de la Gobernación, lo dejó bien claro en su visita a Gasteiz el día 6 de marzo, cuando sentenció: “No se van a tolerar planteamientos anarquistas o utópicos. Que este triste ejemplo sirva de gran lección a todos los españoles en los próximos meses”.

Han pasado más de 46 años y la impunidad sigue latente. Más allá de juzgar a los responsables de la criminal actuación cometida contra la Clase Trabajadora, el Estado da cobijo y amparo a los políticos que la planificaron y a los que la ejecutaron. La Justicia, palabra escrita con la sangre de Pedro Mari Martínez Ocio en el lugar donde fue abatido sigue sin ver la luz. El modelo español de impunidad sigue imperando en pleno siglo XXI, hasta tal punto que Fraga Iribarne y Martín Villa, máximos responsables de la masacre, actualmente cuentan con bustos de reconocimiento en el Senado el primero y medallas por su contribución a la democracia el segundo. Algo inaceptable en un país que se dice democrático.
El Estado no reconoce su responsabilidad y es incapaz de aplicar los derechos de Verdad, Justicia, reparación y Garantías de No Repetición que la legislación internacional recoge para las víctimas de graves vulneraciones de derechos humanos.
Los únicos logros que se van consiguiendo en el ámbito institucional son sobre todo para cambiar la versión oficial de lo ocurrido. es Gracias a la labor de Martxoak 3 Elkartea se han impulsado inicativas como el Dictamen realizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda o el Memorando elaborado por la Comisión creada para establecer responsabilidades políticas por los hechos acaecidos el 3 de marzo en el seno del Parlamento Vasco y ratificado en pleno.
La gran movilización popular en torno a la Memoria del 3 de Marzo en Gasteiz es también un aspecto a destacar respecto a la lucha contra el olvido y la impunidad de la masacre obrera de 1976; posiblemente es el más satisfactorio, hasta cierto punto sorprendente, porque ha superado todas las barreras diseñadas por una estrategia de Estado que ha pretendido imponer siempre el silencio sobre estos hechos.
Desde el primer aniversario de la matanza, a pesar de todos los obstáculos y muchas veces haciendo frente a la represión policial, año tras año miles de personas se movilizan cada 3 de marzo. Se hace además actualizando la movilización con las reivindicaciones latentes en cada momento, sin olvidar la memoria de los obreros asesinados ni la denuncia de la impunidad del crimen perpetrado por la policía en Zaramaga. El 3 de Marzo se ha convertido en nuestro Primero de Mayo, en una jornada de lucha. De tal manera que, un repaso a las 45 jornadas de movilización celebradas en Gasteiz los 3 de marzo de 1977 a 2022, nos dan una crónica política, una fotografía reivindicativa de las últimas décadas en nuestro país:

El no a la OTAN, la lucha de los insumisos al servicio militar obligatorio, la solidaridad con los presos políticos, la oposición a las reformas laborales, la denuncia de la tortura, la pelea contra recortes sociales, la nueva ola feminista, la defensa de unas pensiones dignas… son algunos de los elementos que han ido acompañando a lo largo de todos estos años el recuerdo y la denuncia de aquel invierno de 1976 en el que el Estado ahogó en sangre tantas ansias de libertad. Eso significa que los valores del 3 de Marzo, siguen vivos en todas esas causas actuales.
Por eso, Martxoak 3 Elkartea va a seguir exigiendo el reconocimiento de la dignidad de aquella lucha y los valores que perseguían las personas asesinadas, heridas y encarceladas en su intento por conseguirlos.
Es una obligación y el mejor homenaje que podemos hacer: Seguir trabajando, aquí y ahora, por la Justicia Social.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

Los efectos de la pandemia de la Covid-19 y las consecuencias en la economía mundial de la guerra que desde hace medio año se viene librando cruentamente en el este de Europa, entre otras cuestiones macroeconómicas que ya se vislumbraban en el horizonte meses atrás, han ocasionado una desbocada inflación que está empobreciendo a las familias trabajadoras de nuestro país. Pero esta problemática no es nueva. El sistema capitalista es un sistema voraz y destructivo que cíclicamente necesita de crisis económicas para auto-regularse en la persecución de su máximo objetivo; extraer, maximizar y acumular riqueza en unas pocas manos privilegiadas en detrimento de una amplia mayoría social. A principios de la década de los cincuenta, la clase trabajadora de Navarra vivió una situación socio-económica algo similar a la que estamos padeciendo en nuestros días, en la cual mediante el atrevido liderazgo de las mujeres pamplonesas se llegó a la primera Huelga General en la comunidad foral.

Aquella Pamplona de la posguerra era una ciudad provinciana y gris, clerical y ultra católica, en la que el recuerdo de la aún cercana en el tiempo Guerra Civil, y su posterior y terrorífica represión, asfixiaban social y mentalmente a una ciudadanía en su mayoría empobrecida y víctima de la congénita escasez. Recordemos que Pamplona, y Navarra en general, sin contar con un frente de guerra como tal tras el golpe de estado contra la II República Española sufrieron una descomunal represión; más de 3.400 personas fueron asesinadas o hechas desaparecer forzosamente, y en torno a 20.000 personas fueron represaliadas de múltiples formas (encarceladas, víctimas de sanciones económicas y expropiaciones, destierros, exilios, etc.). Sin lugar a dudas, poco más de una década después de aquellos sangrientos años, la llama reivindicativa o revolucionaria estaba completamente extirpada de nuestra tierra. ¿O no?
Durante el periodo de la autarquía franquista el conjunto del estado español vivió un periodo de gran desabastecimiento de alimentos y de bienes básicos. Muchas familias, las esquilmadas y represaliadas por el franquismo, veían agravada atrozmente su coyuntura social y económica por su condición de ser «las familias de los rojos». Muchas de ellas, con el cabeza de familia asesinado, desaparecido o encarcelado eran sacadas en solitario adelante por unas titánicas madres de familias. En aquel contexto, las autoridades del franquismo, alejadas por supuesto de cualquier idea social o de progreso, implementaron un sistema de racionamiento que a su vez contribuía a engrasar de forma paralela los engranajes de un mercado negro del estraperlo. Las empobrecidas familias represaliadas en muchas ocasiones se veían desesperadamente abocadas a recurrir a un mercado ilegal implementado y gestionado por las familias represoras.
El mes de mayo de 1951 un conjunto de movilizaciones y huelgas se produjeron en las principales ciudades españolas a consecuencia de la paupérrima situación económica; el coste de los alimentos incrementaba en más de un 30%, frente a los salarios, cuyo poder adquisitivo se desplomaba al 40% de los existentes en el año 1936.
El día 7 de mayo se rumoreaba en Pamplona que las docenas de huevos iban a costar en torno a 12 y 15 pesetas. Lejos de cumplirse aquellas ya altas previsiones, las empobrecidas amas de casa llegaron al Mercado del Ensanche, y se sobresaltaron al comprobar que el coste de la docena de huevos ascendía a las 17 pesetas, algo inasumible para la gran mayoría. La reacción no se hizo esperar, y aquellas enfurecidas mujeres, quizá porque ya no tenían nada más que perder, boicotearon la venta de aquellos huevos y en una arriesgada acción desconocida en Pamplona desde la II República, 300 de ellas partieron en una improvisada manifestación hasta la entonces sede del Gobierno Civil (actual Delegación del Gobierno de la Plaza de las Merindades). Ante el sorpresivo e inusual tumulto ocasionado por aquella manifestación conformada íntegramente por mujeres, el Gobernador Provincial del Movimiento, Luis Valero, tuvo que atender a una representación de aquellas mujeres que exigían el establecimiento de unos precios asequibles al conjunto de la población. Como se podía esperar, la reunión con el líder falangista fracasó, y aquellas bravas mujeres fueron disueltas y perseguidas, siendo incluso varias de ellas heridas por arma de fuego. Durante aquella jornada y las posteriores hasta una docena de esas amas de casa fueron detenidas.

La indignación por lo ocurrido, rápidamente prendió la mecha de una hasta entonces atemorizada y abatida clase trabajadora, produciéndose casi de inmediato llamamientos a la solidaridad, surgiendo casi de manera espontánea la propuesta de ir a la Huelga General. Durante los días 8, 9 y 10 de mayo se vivieron innumerables piquetes y manifestaciones dando surgimiento a la primera Huelga General en Navarra, llegando a ser secundada por unas 30.000 personas. La movilización obrera tuvo también seguimiento más allá de la Comarca de Pamplona, produciéndose paros, cierres y movilizaciones también en localidades como Estella, Tudela o Sangüesa. Las movilizaciones sorprendieron por completo a las autoridades franquistas, las cuales tuvieron que solicitar efectivos de fuera de Navarra para apagar las movilizaciones. La represión fue brutal. Decenas de personas fueron heridas por arma de fuego y unas 300 personas fueron detenidas y concentradas en la Plaza de Toros de la capital navarra.
Tras intensos y agitados días, el 11 de mayo se dio por finalizada la considerada como primera Huelga General en Navarra con dos importantes victorias para la clase trabajadora de Navarra. Una nada desdeñable victoria material; los empresarios y el régimen tuvieron que claudicar y asumir las reclamaciones salariales, abonar las jornadas de huelga y suprimir las cartillas de racionamiento. Y una importantísima victoria política; por primera vez desde el final de Guerra Civil la clase trabajadora de Navarra (organizada aún de forma muy débil en torno a organizaciones de trabajadores cristianas, sectores desencantados del carlismo, y embriones de organizaciones de izquierdas y nacionalistas), lograba una inconmensurable victoria social y política frente a un poderoso franquismo en uno de sus principales feudos territoriales.

El régimen franquista, aunque sin demasiado éxito a la vista de la progresiva conflictividad obrera de las décadas posteriores, temeroso de que aquella reivindicativa semilla germinara, abrió un largo proceso judicial contra 24 personas. Años después, en 1958, 14 de ellas fueron condenadas a penas de prisión de entre 1 y 6 meses, no obstante, fueron indultadas sin llegar a ingresar en prisión.

Tras aquellos acontecimientos, a pesar de la clandestinidad impuesta por la dictadura, poco a poco la clase trabajadora de Navarra fue fortaleciendo su organización, dando lugar a infinidad de conflictos y movilizaciones durante las décadas posteriores. En nuestros días, en un contexto muy distinto pero con una problemática quizá algo similar, debemos rescatar una enseñanza de aquellas heroicas amas de casa; hasta en las circunstancias más adversas la movilización y la organización de la mayoría social trabajadoras son las mejores herramientas para conquistar nuestras más necesarias aspiraciones.

Carlos Guzmán Pérez: Coordinador General de Izquierda Unida de Navarra

Cicatrices de la Ría.

Cicatrices de la Ría.

Cicatrices de la Ría.

“No creo que haya en la Península Ibérica nada que dé una impresión de fuerza, de trabajo y de energía como esos quince kilómetros de vía fluvial”. Pio Baroja.

La memoria en muchas ocasiones es ese espacio común
que nos sirve para autorreconocernos en una identidad compartida.

Los lugares son facilitadores de ese autorreconocimiento en una memoria colectiva. Hace más de una década desde la Fundación José Unanue comenzamos a trabajar diferentes rutas obreras por todo Euskadi para recuperar la historia del movimiento obrero y la vida cotidiana de las personas trabajadoras. Nos centramos especialmente en un período de nuestra historia, el régimen franquista, donde hacer sindicalismo de clase estaba prohibido.

Una de las primeras rutas que creamos y comenzamos a realizar fue la de la Ría del Nervión. En un momento donde la ría comenzaba a llenarse de barcos turísticos, nosotras comenzamos a contar una historia que en la mayoría de los casos se salía de los tours turísticos. En este texto no se detallarán todas las paradas, pero sí la esencia de ellas, lo que con la visita queríamos trasladar.

Pío Baroja en 1920 habla de la Ría de Bilbao en los siguientes términos: “No creo que haya en la Península Ibérica nada que dé una impresión de fuerza, de trabajo y de energía como esos quince kilómetros de vía fluvial”. Las aguas de la ría hablan de trabajo, pero también reflejaban una polarización social desde finales del siglo XIX y durante el siglo XX producida por el proceso de modernización, generando identidades diversas, algunas complementarias y otras contrapuestas. Éstas últimas llegan hasta nuestros días a través de manifestaciones culturales aL grito de “Gora Baraka, behera Neguri”, que no deja de manifestar un imaginario social de dos identidades. A través de este viaje imaginario por la ría nos centraremos en la identidad obrera a la que se hace referencia en el “Gora Baraka”.

A lo largo de la historia, la ría ha sido la observada por la población de ambas márgenes. En esta ocasión lo haremos al revés: la ría será la que mirará a las personas moradoras de sus márgenes en un momento concreto de la historia que fue el régimen franquista.

La zona baja de la ría, desde Bilbao hasta prácticamente su desembocadura, ha sido el lugar donde desde finales del siglo XIX se instalaron grandes empresas. Las personas trabajadoras de las mismas supieron organizarse incluso durante el régimen franquista. Ejemplo de ello fue una de las primeras grandes huelgas de este momento, la convocada el 1 de mayo de 1947, la cual consiguió movilizar en torno a 20.000 personas. Pararon más de 400 empresas; entre ellas Beltrán y Casado, Talleres Deusto, AHV, La Naval o Euskalduna. De ella se puede analizar cómo la Organización Sindical Española no pudo evitar la capacidad de las personas trabajadoras para organizarse. Sin embargo, sí participó activamente en la dura represión de la misma. La conflictividad fue en aumento con grandes movilizaciones como las de 1956 o 1962. Los conflictos por motivos salariales en algunas empresas no fueron un hecho excepcional, sino que pasaron a la normalidad entre 1963 y 1966. La militancia obrera del momento en Vizcaya se concentra en las grandes empresas de la ría y comenzó a emerger una nueva forma organizativa del movimiento obrero, como fueron las comisiones obreras.
Al pasear por la ría aún podemos encontrar algunos edificios de aquellas grandes empresas, algunas abandonadas, otras reutilizadas y, las menos, en actividad. Uno de los edificios que se mantienen, pero no con el uso originario, es el edificio de Artiach, primer edificio en todo el país que se construyó con el fin de albergar una fábrica de galletas en la década de los años veinte. En los años 70 trabajaban en la empresa en torno a 800 personas, la mayoría mujeres. La legislación franquista, desde el primer momento, con el Fuero del Trabajo (1938) trató de apartar a las mujeres de la actividad productiva, recluyéndolas en el hogar. Como recogía el Fuero del Trabajo, “a la mujer casada se liberará del taller y de la fábrica”, por lo que su espacio de actividad laboral se estructuraba como algo temporal y marcado con la idea de complemento al salario familiar que aportaba “el cabeza de familia”.

Aunque se podría pensar que, por las características de la plantilla, Artiach fue una empresa con poca agitación sindical, esto dista mucho de la realidad. Las galleteras fueron un colectivo de trabajadoras muy activo en la defensa de sus derechos laborales. Incluso durante el régimen franquista se movilizaron, como en los años 1956, 1976 y 1977. En esta última movilización las demandas fueron por una rebaja en el horario de los sábados, consiguiendo librar uno al mes y trabajar solamente cuatro horas los demás.

Ahora que están cayendo las grúas de La Naval, debemos recordar que fue otra de esas empresas que durante la época franquista fue referente de combatividad: grandes líderes sindicales formaron parte de su plantilla. Pero no sólo eso, la unión y la combatividad del conjunto de la plantilla fue ejemplar. Las asambleas de trabajadores/as siempre estaban abarrotadas, siendo un elemento clave para la reconstrucción del movimiento obrero tras la ilegalización del sindicalismo de clase. En ellas se discutían, se intercambiaban opiniones, informaciones y se trazaban estrategias a seguir. La explanada conocida como la “explanada roja” y el interior de la fábrica eran espacios ideales para ello. No hacían falta escenarios: la persona que hablaba para que el resto le oyera, se subía a un bidón y a modo de tablado abordaba la problemática del momento. De este modo se gestaron las grandes huelgas del franquismo. Ejemplo de ello fue la huelga del 62.

Estas personas que trabajaban en estas grandes empresas llegaron a la ría con eslóganes tales como: “¡En Vizcaya hay trabajo para todos!”. Al divisar pueblos como Sestao o Baracaldo, vemos ciudades-fábrica las cuales vieron incrementada su población de un modo brutal. Por ejemplo, en el caso baracaldés, de 36.165 personas (1940) a 117.422 personas (1981). Los mejores terrenos fueron ocupados por las grandes empresas y sus zonas colindantes de peor orografía eran ocupadas por las personas trabajadoras, como las calles Portu (Baracaldo) o La Iberia (Sestao). Estas dos calles, más allá de estar habitadas por personas trabajadoras, serán vías de tránsito para esas hordas de personas trabajadoras, no sólo a las horas de entrada y salida de la fábrica, sino también en caso de movilizaciones. Éstas personas llegaron del medio rural, desde la Vizcaya rural o de otros lugares más lejanos como Andalucía o Galicia. Pueblos como Baracaldo llegaron a tener 17 centros regionales como espacios de socialización de estas personas recién llegadas. Estas personas que llegaron desde el campo y se encontraron nuevas formas, no sólo de socialización, sino de organización del día a día basados en los ritmos fabriles, sufrieron un gran impacto. Llevar esta adaptación al nuevo medio de un modo comunitario facilitó este proceso.
Muchas fueron las personas que llegaron a Vizcaya en busca de una situación mejor, pero se encontraron con un problema que nadie les avisó: la falta de vivienda. Los planes urbanísticos y sociales fueron claramente insuficientes. Estas personas recurrieron a distintas estrategias para poder sobrevivir, como el patronaje, el vecinismo, viviendas compartidas o incluso el chabolismo. La Campa de los Ingleses, al igual que el monte Banderas o el monte Cabras, fueron espacios ocupados por las chabolas. Las condiciones de vida de estas personas eran infrahumanas, sin ningún tipo de infraestructuras, ni calidades de construcción. Mientras en la Campa de los Ingleses, como nos retrata el documental de Grau, sobrevivían los chabolistas, enfrente, en la Margen Derecha, se estaban formando las/os hijas/hijos de la burguesía vizcaína y del resto del Estado, principalmente en economía y leyes, en la Universidad Deusto. Éste es uno de esos puntos en los que la ría se convertía en barrera entre dos mundos.

Las necesidades no fueron sólo de vivienda, sino también de servicios básicos: escuelas, ambulatorios, calles asfaltadas, agua corriente… Esto llevó a las vecinas y vecinos de los pueblos obreros a movilizarse y agruparse a través de AAVV en defensa de las condiciones de vida en los barrios.

La insalubridad en estos pueblos obreros no sólo estuvo ligado a una falta de infraestructuras, sino también a una mala gestión medioambiental por parte de las empresas. El problema de la contaminación estuvo latente durante todo el siglo XX y sería un motivo de movilización de la ciudadanía. En localidades como Baracaldo, salieron contra la propuesta de instalación de una nueva planta de Amoníaco en Sefanitro. Otro ejemplo sería Erandio: el 3 de septiembre de 1969 será recordado por los vecinos/as de Altzaga y Astrabudua por la llegada de una nube tóxica. Esto provocó múltiples movilizaciones que llegaron al corte de la carretera y a la intervención de las fuerzas de seguridad en varias ocasiones. Los hechos más graves se produjeron el 28 de octubre de 1969, cuando Antón Fernández, vecino de Erandio, fue alcanzado por una bala de la policía mientras miraba desde su balcón las protestas. La mañana siguiente, se llenaron las calles de personas trabajadoras en el marco de una huelga, donde Josu Murueta resultó herido de muerte.

Los espacios laborales tampoco se caracterizaron por ser espacios seguros para la salud de las personas trabajadoras, teniendo unas malas condiciones de trabajo y una falta de medidas de protección, lo que provocó futuras enfermedades profesionales y múltiples accidentes laborales, algunos de ellos mortales. Uno de los más graves fue el sucedido el 25 de abril de 1967. En la empresa Frimotor, tras el hundimiento de su techumbre y el posterior desplome de los cuatro pisos de la factoría, fallecieron 16 trabajadores y otros muchos trabajadores resultaron heridos.
Si la ría en algunos momentos separaba dos mundos, la línea del tren Bilbao-Santurtzi paralela a la ría, unió a la Margen Izquierda y reforzó su identidad colectiva. El origen de esta línea se retrotrae a 1888 y su finalidad en un primer momento fue él del traslado de mercancías. Sin embargo, con los años se incorporó el traslado de pasajeros, hecho que provocó el fin del tranvía que realizaba un trayecto similar.

Esta línea, su diseño y sus paradas nos dicen mucho de la vida de la Margen Izquierda. El tren trasladaba a miles de personas trabajadoras desde las diferentes poblaciones a las empresas. No es casual que alguna de las paradas de éste dé directamente a las puertas de las factorías. Éste movilizaba entorno al 80 % de la mano de obra de la ría. Más allá de su función de trasporte, el tren se convertiría en un espacio de socialización y reivindicación en la época franquista. El reparto de pasquines informativos sobre multitud de temas, encuentros clandestinos y la importancia en los conflictos de la interrupción del mismo, puso al tren en un primer plano dentro de la lucha antifranquista. Además, las autoridades estarían atentas al aumento de los precios del billete, porque éste tenía un impacto directo con nuevas movilizaciones obreras.

Si el tren era el trasporte que unía la Margen Izquierda, el medio por excelencia de la clase obrera para cruzar la ría eran los gasolinos, en especial para un colectivo de trabajadoras. El trabajo femenino remunerado en muchos casos estuvo bajo la economía sumergida. Muchas mujeres de la Margen Izquierda llenaban los botes todos los días para trabajar en las casas nobles de la Margen Derecha donde trabajaban como cuidadoras, en la limpieza de hogares, escaleras… Estos trabajos, además de ser un aporte económico para las familias, en muchos casos fueron claves para la colocación de sus familiares en las grandes empresas industriales, convirtiéndose en mediadoras. El papel de estas mujeres, la dureza del trabajo y la falta de reconocimiento del mismo como tal, hizo mermar su identidad como trabajadoras.

Estas pinceladas de la ruta obrera de la ría del Nervión nos hablan de lucha por unas condiciones de vida mejores, pero también nos hablan de convivencia y de dar respuestas colectivas. La voluntad con la que diseñamos las rutas obreras de la Fundación José Unanue es reconocer la lucha de aquellas personas trabajadoras, pero también conocer su día a día. Entender que la historia de la clase obrera también es la historia de nuestros pueblos.
“Es nuestro deber revolucionario contar lo que paso en estos años”, José Unanue, trabajador de AHV y militante obrero.

 

 

 

 

 

 

 

 

Estibaliz Montero Mendoza: Secretaria de las Mujeres / Emakumeak idazkaritza. C.C.O.O. de Euskadi

 

La masacre de Ategorrieta.

La masacre de Ategorrieta.

La masacre de Ategorrieta.

 “Tenemos la obligación de recordar la masacre de Ategorrieta, en honor a la verdad, la justicia y la reparación de sus víctimas”.

El 27 de mayo de 1931,
la Guardia Civil asesinó en Ategorrieta (Donostia) a diez trabajadores de la mar de Pasaia para impedir que una manifestación pacífica, reivindicando mejoras laborales, llegara al centro de la capital guipuzcoana.

Esos diez trabajadores fueron: Julian Zurro, 19 años (natural de Castronuevo, Valladolid); Jesús Camposoto, 23 años (oriundo de Galicia); José Carnés, 32 años (natural de Corrubedo, Galicia); Manuel Pérez Allera, 34 años (vecino de Pasaia); José Novo, 25 años; Antonio Barros de 31 años; José Suárez Brión de 25 años (tripulante de un barco gallego que se encontraba en Pasaia); Manuel López Díaz 20 años (A Coruña); José Gámez; José Suárez Moreno de 31 años.
Hubo varias decenas de heridos, muchos de ellos muy graves, por lo que es muy probable que hubiera más fallecidos posteriormente.
Los hechos venían precedidos por una huelga de los arrastreros de Pasaia en la que reivindicaban mejores condiciones laborales. Éstas eran tan malas que las memorias de los pescadores que las vivieron denominaron esa época como “los años de la esclavitud”, a pesar de que la rentabilidad de la pesca entonces era muy superior a cualquier otra actividad, puesto que los barcos se amortizaban en seis u ocho viajes a los caladeros de Gran Sol.

Entre sus reivindicaciones laborales figuraban: un aumento salarial para aquellos que faenaban en Gran Sol, tener un descanso equivalente a los domingos que se trabajaban en la mar, o que la jornada laboral no fuese superior a las 15 horas de trabajo.
Posiblemente, no ha habido ningún desenlace represivo tan luctuoso como este en la historia moderna de San Sebastián. Sin embargo, este suceso es poco conocido por la ciudadanía en general, aunque sí lo es para muchas personas de Pasaia.
La prensa de la época calificó de violentos agitadores a los manifestantes, entre los que había numerosas mujeres y niños.
Una de esas manifestantes era Teresa Suárez Varela. Su testimonio sobre la masacre de Ategorrieta fue recogido en una grabación en 1995, que transcribo a continuación:
“Cuando llegamos cerca de San Sebastián, antes de llegar donde estaba la Guardia Civil con las metralletas, nos retuvieron. Vinieron dos camiones de militares, nos pararon y nos dijeron: “den la vuelta por favor, que van a morir todos, den la vuelta”. Dos viejos que iban también en la manifestación se echaron a los militares llorando y diciendo: “señor, Pasajes muere de hambre, morimos de hambre. Yo prefiero morir aquí de un disparo, que ver a mis nietos sin pan”.

Los militares no pudieron hacer nada, nada de nada. Y entonces un militar le dijo al secretario de los obreros: “lárgate que tú no te salvas”. El chico subió a los montes y se marchó. Pero se quedó un primo de él. Se parecían mucho, parecían hermanos, estaba entre las mujeres y entre los hombres en la manifestación.
Yo miraba para atrás y veía muchos hombres. A mi espalda había un chico recién casado de Trintxerpe, vecino mío; llegó un guardia y le disparó, y cuando le vi caer, grité. Se desangraba, se llamaba Lisardo; vinieron unos hombres y se lo llevaron por el monte.

A otro le entró la bala en un pulmón, eran balas de metralletas, lo cogieron también y se lo llevaron en brazos, hasta un chalecito allí cerca. Llamaron a la puerta. Se asomó un señor y al ver que llevaban a un hombre en ese estado, preguntó “¿qué pasa ahí, ¿qué son esos tiros que se oyen?”. “Por favor señor ¿usted tiene coche para llevar a este hombre que se muere al hospital?”. El señor, no sé quién era, lo metió en el coche y se marchó con él y con los otros dos.
Las balas circulaban, pero no hirieron a ninguna mujer, ¿qué puntería tenía la guardia civil? ¿eh? No hirieron a ninguna mujer. Los hombres se escondían, pero terminaban con ellos.
Pero yo cuando me volví medio loca fue cuando cayó Lisardo. Después miré a un lado y vi un guardia civil -no sé si era con una espada o con un sable- darle a un hombre en la cara, le deshizo la cara de dos golpes que le dio. Entonces grité, “usted es un criminal, ese hombre es un inocente”. Era el primo del secretario del sindicato, lo confundieron con él. El pobre murió.
Entonces yo empecé…, que ya no era yo. Miré y ya no había gente, solo una chica alta con una pancarta. Había dos pancartas: “pan para nuestros hijos que mueren de hambre”, en una. Y en otra: “suelten a los presos que son inocentes”.
Cuando vi que no había nadie detrás, sólo la otra chica y yo solas, y aquel hombre tirado con la cara deshecha, me puse tan nerviosa que avancé hasta un guardia civil, un cabo. Le agarré la correa, pero yo no me hacía la valiente, le dije que no podía más. Le dije “señor, ¿usted no tiene familia, señor?, que están matando a gente inocente, gente a la que nos están matando de hambre”.
Y me contestó él, con una mano agarrándome, y con la otra no dejaba de disparar a un hombre que había en una esquina. Los hombres se escondían, claro, porque sabían que morían.
Y me contestó él: “señora, tengo familia, hijos y nietos, pero estoy cumpliendo con mi deber”. Y le dije yo: “señor, usted está cumpliendo con el deber que le manda el gobernador, y usted tiene que hacerlo. Pero el gobernador no sabe lo que hace porque los patronos le van con mentiras, señor. Yo le digo la verdad, no llega para comer señor, los niños no tienen pan”.
Le hizo señas a un guardia, los caballos llevaban hombres a caballo con las metralletas, y otros guardias estaban de pie arrimados a los caballos.
Le hizo señas a un guardia joven, muy joven, para que me llevara a sentarme a un banco, “siéntala”, pero ¿quién me doblaba a mí las piernas? Yo estaba rígida, de loca que estaba, estaba rígida, el guardia no pudo sentarme. “Siéntese, señora, siéntese”. Me parece que él creyó que habían matado a mi marido allí, pero mi marido andaba escondido.
Por fin me sentó, animándome, animándome. Después, fue a sentar a la otra chica. Aquella chica no podía ni hablar, sólo decía “ay, ay, ay”. Ya no había gente, nos cogieron en un coche a las dos, y nos trajeron aquí, a Trintxerpe, dos guardias jóvenes, animándonos todo el camino, y nos dejaron sentadas en unas escaleras de Trintxerpe”.

El testimonio de Teresa Suárez Varela aquel 27 de mayo de hace 91 años, da una buena idea de la masacre que allí se vivió. No eran violentos agitadores, eran trabajadores y sus familias luchando por tener unas condiciones laborales que les permitieran comer, sobrevivir y tener una vida digna.
Esa lucha de clase trabajadora del mar logró mejoras en las condiciones laborales de los marineros que han llegado hasta nuestros días, pero se llevó por delante injustamente la vida de, al menos, diez hombres jóvenes.
Como decía al inicio, los medios de comunicación de la época intentaron acallar la masacre de Ategorrieta. Los titulares de la prensa local del día siguiente buscaban hacer creer que la Guardia Civil intentó paralizar actos violentos en el centro de la Bella Easo, y dejaron de comunicar sobre lo sucedido.
Sin embargo, nada más lejos de la verdad. Por eso, tenemos la obligación de contar lo que pasó, de recordar que la lucha de clases continúa, y que, como decía Marcelino Camacho, vendrán tiempos en que tendremos que defender lo logrado para que no nos lo arrebaten.
Aquella masacre de trabajadores jóvenes por mejorar sus condiciones de vida es la misma que la de las decenas de jóvenes muertos en la valla de Melilla, en el río Bidasoa, en el Mediterráneo, o en otros tantos lugares. Personas que sólo buscan un futuro mejor para ellas y sus familias porque la avaricia del capitalismo les ha despojado de lo más elemental en sus países de origen, y no tienen más remedio que salir de ellos arriesgando sus vidas por el camino.

Tenemos la obligación de recordar la masacre de Ategorrieta, en honor a la verdad, la justicia y la reparación de sus víctimas. Y de seguir luchando por un mundo en el que la vida en su conjunto sea viable. Para ello, es imprescindible tener en cuenta los límites del planeta y la necesidad imperiosa de un reparto justo y equilibrado de la riqueza, lo mismo que pedían los trabajadores asesinados el 27 de mayo de 1931 en Ategorrieta.

Arantza González: Coordinadora de Gipuzkoa de Ezker-Anitza – Izquierda Unida de Gipuzkoa.