‘Matrioskas’ como Alicia Casanova lucharon toda la vida, imprescindibles

La neumóloga comunista de Barakaldo es una de las protagonistas de la nueva película de la navarra Helena Bengoetxea

“Hay mujeres que luchan un día y son buenas. Hay otras que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenas. Pero hay las que luchan toda la vida: esas son los imprescindibles”. La científica comunista de Barakaldo hubiera agradecido estas palabras a su camarada Bertolt Brecht.

Y es que hay mujeres que han vivido el anonimato a pesar de ser eminencias y son ejemplo de superación constante. Un ejemplo claro e impresionante es el de esta nonagenaria nacida el 8 de julio de 1925 en Barakaldo y fallecida en 2017 en Cuba. A día de hoy, la película “Matrioskas, las niñas de la guerra”, de la navarra Helena Bengoetxea visibiliza su persona, como a otras niñas de entonces que fueron exiliadas a la URSS.

Teresa Alonso, Alicia, Araceli o Julia son cuatro mujeres mayores, aparentemente comunes, que esconden vidas extraordinarias marcadas por el desarraigo y el exilio: de Euskadi o España a Rusia y más adelante a Cuba. Son mujeres hechas a sí mismas y heroínas de su propia trayectoria. Sus recuerdos del hambre, el frío y la guerra se entremezclan con la nostalgia por un hogar que las acogió y que ya no existe, con la lejanía de un territorio que apenas conocen y, para algunas, con la vuelta a un Estado que no es el que soñaron. “Son mujeres más adelantadas no ya que nuestras abuelas, sino más que nuestras madres”, pondera Bengoetxea.

Tras años de espantosa Segunda Guerra Mundial, Alicia Casanova acabó erradicando la tuberculosis en los denominados sanatorios de Cuba. Fue la única mujer del equipo que lo logró. La vasca-soviética-cubana era una reputada neumóloga, profesión que la URSS le posibilitó estudiar. “Si tras la guerra, Alicia se hubiera quedado en la Margen Izquierda, qué podría haber llegado a ser. Lo más seguro que con el franquismo nada. A pesar de todo el sufrimiento y sobrevivir a Rusia ella protagonizó la epopeya de erradicar la pandemia de la tuberculosis en Cuba entre 1961 y 1963”, enfatiza Bengoetxea.

Y además lo llevaron a cabo, según explicaba la doctora, de una forma poco usual. Sacaron a todas las personas con tuberculosis de aquellos sanatorios, las enviaron a sus hogares y dieron una medicación a toda la población cubana. La ciudadana tenía que ir unos días concretos a por ella. Y una vez sanados, “los sanatorios los convirtieron en hospitales”.

Casanova fue la única heroína del equipo humano que lo posibilitó. El resto eran cinco hombres. Ella, que había estudiado en la URSS mientras el franquismo acababa con la vida de su padre, ferroviario. La madre de Alicia se quedó en Barakaldo con un hijo aquel triste día en el que la familia enviaba desde Santurtzi a su hija de 12 años a tierra en paz “para cuatro meses”.

Casanova –miembro del partido comunista- pudo aportar sus conocimientos y experiencias de haber estudiado Neumonología -rama de la medicina que se especializa en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades de los pulmones y otras partes del aparato respiratorio- tras la Segunda Guerra Mundial en Moscú. Fue reconocida, además, como superviviente del sitio realizado por los nazis a Leningrado con bombardeos y temperaturas gélidas. “Alicia explicó que llegó a comer serrín, pero también carne de la que no preguntaban su procedencia, sabedores que serían de personas que morían”. Logró lo inhumano: salir viva de allí.

Lo analiza muy bien la directora de cine de Iruña. “En general todas, a pesar del drama del exilio pensando que volverían pronto y tras pasar 40 años, a pesar del drama, han tenido mucha suerte, más cuando toda la importancia se la han llevado los hombres. La dura situación les hacía ser más echadas adelante”.

A su juicio, la educación que les dio la URSS no la tenían la mayoría de mujeres en Euskadi. De hecho, se habían empoderado –un término tan utilizado en la actualidad- sin saberlo, “por las circunstancias” y, además, contaban gracias a sus estudios “una independencia económica y poder”.

Una mujer que conoció bien a Alicia Casanova es Dolores Cabra, secretaria general de Archivo Guerra y Exilio (AGE). Consultada al respecto por este periódico, la madrileña pasa a vestir con palabras la figura de su amiga. “Alicia Casanova, la niña de piel translúcida, ojos firmes y fuertes convicciones. Su frágil figura era un muro de fortaleza que no cambiaría nada de lo acontecido en su vida. Salvando la suya en la travesía del camino de la vida la destinó a ayudar a los demás estudiando medicina en Moscú, investigando la tuberculosis”.
Cuando Cabra llegó a La Habana en 2006, la amiga de Alicia, también niña de la guerra ya hoy fallecida, Isabel Álvarez, organizó una fiesta en su casa. “Había dulces caseros, licores de frutas y café exquisito, y ¡se podía fumar!”, subraya Dolores.

Fue en aquel contexto cuando conoció a la hoy protagonista de Matrioskas. Celebraban que desde AGE habían conseguido que en enero de 2005 el Congreso de los Diputados aprobara “por fin” las pensiones para las niñas y niños de la guerra. “Para los que vivían en Rusia y Cuba significaba un cambio enorme. Allí estaban tres generaciones y el agradecimiento se traducía en un cariño inmenso hacia mí, que recordaré siempre, lo mismo que a Alicia, Teresa, Araceli e Isabel, gentes vacunadas contra la maldad y la molicie. Siempre fraternas y trabajadoras. Su huella quedará siempre”, desea.

Por desgracia, Alicia ha fallecido antes del estreno de la película, en el proceso de que viera la luz. Narraba que su madre, cuando quedó sola en Bizkaia, le solicitó ir a vivir con ella en La Habana, a lo que Casanova accedió. “Sin embargo no le trataba como madre porque Alicia decía que después de 30 años sin verla no conocía ni reconocía a aquella mujer y le llamaba Josefa: decía que no le salía llamarle de otra forma”.

Josefa se hacía cargo de la casa en la ciudad caribeña y de la hija de Alicia, Natacha, fruto surgido del matrimonio entre la neumóloga con el republicano exiliado en la URSS, Ángel Serrano. La pareja se divorció en Cuba. Aquella mujer, a quién con más de 80 años la vecindad aún se acercaba a su casa con radiografías para que las analizara, dejó al mundo una frase: “Todo lo que sale en los libros, lo sufrimos el doble”.

 

 

 

 

 

 

 

Iban Gorriti: Periodista