De la Iª Internacional a la Internacional 5.0

Necesitamos esa perspectiva, esa certeza, esa herramienta de la Internacional.

  FUNDACIÓN DE LA PRIMERA INTERNACIONAL OBRERA

A las pocas semanas de morir Lassalle, el 28 de septiembre de 1864, fue fundada en Londres, en un gran mitin celebrado en el St. Martín Hall, la Asociación Obrera Internacional. Esta organización no era obra de un individuo, un “cuerpo pequeño con una gran cabeza”, ni una banda de conspiradores errabundos; no era ni una sombra fingida, ni un monstruo voraz, como afirmaba, en pintoresca altematividad, la fantasía de los heraldos capitalistas, aguijoneada por los escrúpulos de su conciencia. Era simplemente una forma transitoria de la cruzada de emancipación del proletariado, cuyo carácter histórico la hacía, a la par, necesaria y perecedera.

El régimen capitalista de producción, que es la más flagrante de las contradicciones, engendra los Estados modernos a la vez que los destruye. Fomenta y exalta las diferencias nacionales, y al mismo tiempo crea todas las naciones a su imagen y semejanza. Esta contradicción es irresoluble en su seno y contra él se han estrellado todos los movimientos de fraternidad de los pueblos, de que tanto hablan las revoluciones burguesas. La gran industria, predicando la libertad y la paz entre las naciones, convierte el planeta en un inmenso campo de batalla como jamás lo conociera la historia. Con el régimen capitalista de producción desaparece también la contradicción que entraña. Cierto es que las campañas de emancipación del proletariado sólo pueden plantearse dentro de las fronteras nacionales, ya que, desarrollándose el proceso de la producción capitalista por países, cada proletariado tiene que enfrentarse necesariamente con su propia burguesía. Pero sobre el proletariado no gravita esa concurrencia inexorable que mata en flor despiadadamente todos los sueños internacionales de libertad y de paz de la clase burguesa. Tan pronto como el obrero adquiere la conciencia —y la adquiere en cuanto empieza a alborear en él la de sus intereses de clase-, de que no tiene más remedio que sobreponerse a la competencia intestina con los demás trabajadores para poder oponer una resistencia eficaz a la supremacía del capital, da un gran paso hacia la etapa superior, consecuencia lógica de ésta, en que las clases obreras de los diferentes países dejan de competir entre sí para cooperar, unidas todas contra el imperio internacional de la burguesía. Esta tendencia internacional empieza a despuntar muy pronto en el movimiento obrero moderno. Lo que ante la conciencia de la burguesía, obstruida por sus intereses egoístas, no era más que antipatriotismo, falta de inteligencia y de cultura, constituye una condición vital para la campaña de emancipación del proletariado. Sin embargo, el hecho de que esta campaña pueda superar la eterna discordia entre las tendencias nacionales e internacionales, de la que no acierta a salir la burguesía, no quiere decir que disponga, ni en éste ni en ningún otro respecto, de una varita mágica capaz de convertir su sendero ascensional, duro y escarpado, en una calzada lisa y llana. La moderna clase obrera lucha bajo las condiciones que le ofrece la historia, y estas condiciones no pueden allanarse en un asalto arrollador, sino que han de superarse comprendiéndolas, según la frase hegeliana: comprender es superar.
Franz Mehring*

*Nació el 27 de febrero de 1846 en Schlawe, Polonia. En 1891 ingresó en el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Entre 1902 y 1907 Mehring fue el editor jefe del periódico socialdemócrata Leipziger Volkszeitung. Miembro del parlamento prusiano entre 1917 y 1918. Durante la Primera Guerra Mundial se alejó del SPD, fundando la Liga Espartaquista junto a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, simpatizando con los bolcheviques y abrazando la Revolución de Octubre. Autor de la más prestigiosa biografía de Karl Marx. Encontrándose enfermo, se vio profundamente afectado por el asesinato de sus camaradas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht el 15 de enero de 1919, falleciendo dos semanas después, el 28 de enero, en Berlín.

LA INTERNACIONAL 5.0

El internacionalismo es, ahora, un imperativo ético.

Este prólogo de Franz Mehring me parecía muy adecuado para conectar las raíces del internacionalismo obrero con las luchas actuales y sus carencias estratégicas. Leía las palabras tan certeras con las que Mehring describe el ambiente y la necesidad en los que se gestó la I Internacional obrera, y me preguntaba sobre por qué ahora los trabajadores carecemos de ese instrumento de lucha. Las condiciones que refleja el viejo texto son exportables, con precisión milimétrica, a los días de hoy. La burguesía crea los Estados nacionales y luego los enfrenta en guerras que los destruyen; la gran industria convierte el planeta en un inmenso campo de batalla como jamás lo conociera la historia. ¿Hay algo más parecido a nuestro escenario?

Aquellos hombres y mujeres pioneros, que deseaban cambiar de raíz ese estado de cosas, el capitalismo, observaron la necesidad de una herramienta superior. Pensaron que si había que oponerse de forma eficaz a la supremacía del capital, si la emancipación proletaria verdadera sólo era posible en un orden superior, supranacional, en el que los obreros debían estar unidos y no enfrentados entre sí; debían inventar ese instrumento. Y lo hicieron, fundando la Internacional. Y al hacerlo no sólo alumbraron la herramienta, sino que hicieron de ella un nuevo motor del pensamiento revolucionario. Hasta que la II internacional arrastró por los suelos todos los postulados internacionalistas conduciendo a los trabajadores al fratricidio en la trincheras de la I Guerra Mundial. Y por eso hubo que reinventar de nuevo el internacionalismo, la herramienta, con la III Internacional, que reunía a aquellos socialdemócratas que abominaron del militarismo, convertidos en comunistas tras la revolución rusa. Y esa nueva Internacional volvió a empujar al movimiento obrero en la buena dirección, a iluminar el camino, a revivir el significado de la emancipación obrera, opuesta inexorablemente a la burguesía, como dijera Marx. Porque para eso habíamos nacido, no para otra cosa. Como dice en el Manifiesto Comunista: “lo que diferencia a los comunistas de los otros partidos obreros, es que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes de todo el proletariado, independientemente de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en la que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto”.

Ahora, con el planeta asolado por la barbarie de las guerras, insufladas por el imperialismo, que enfrenta a unos pueblos con otros; con los países sorprendidos por repentinos estallidos de cólera, de indignación popular, que estallan por doquier; ahora, que los mares se han convertido en una fosa colectiva de proletarios que buscan otros lugares donde vender su fuerza de trabajo, simplemente para poder sobrevivir; ahora, el internacionalismo no sólo es el necesario instrumento de combate de los oprimidos, sino que se ha convertido en un imperativo ético.

Y, sin embargo, ahora ni siquiera tenemos ese instrumento. ¿Por qué? Creo que resulta decisiva la falta de perspectiva en la cuestión de la clase. Como se puede ver al repasar las palabras de Mehring, ése es el eje de la Internacional, la idea inexcusable de la sustitución del poder político de la burguesía por el de la clase obrera, para acabar con el capitalismo. Ese mismo espíritu podemos encontrarlo en este número de Herri en las palabras de Alexandra Kollontay cuando se refiere a las luchas parciales de las mujeres, hay que trasmitirles –viene a decir-, que si no se cambia el sistema, sin la revolución, nunca obtendrán todas sus reivindicaciones, y su libertad nunca será plena. Es lo que falta ahora, la perspectiva en el imaginario popular, en su fantasía, de que es la clase trabajadora, antagónica del capital, la única que puede construir una sociedad nueva. Sin esa certeza, sin esa construcción mental, ideológica, todas la luchas, por violentas que sean las eclosiones, la ira con la que despiertan, se disuelven finalmente y son reintegradas al sistema.

Por eso el interés de este número de Herri sobre la III Internacional en el año en el que celebramos su centenario, por la pertinencia de no olvidar el eje de clase, porque eso es lo unitario y común, entre tanta diversidad y fragmentación de luchas. Hay que insuflar de nuevo ideología de clase para instalar el deseo de socialismo, crear la Internacional 5.0, la nueva, que vuelva a ser motor de ideas para ese cambio, porque el pueblo y también nosotros, los militantes, necesitamos saber que el capitalismo puede ser derrotado, sustituido, relevado de la Historia.
Es necesario, para que cuando lleguemos al gobierno con mayoría, no seamos un parche reformista más, para que ese día sepamos qué hacer, coherentes con nuestros orígenes, con lealtad hacia las ideas para las que nacimos, porque nacimos para acabar con el capitalismo, nacimos para eso, no para otra cosa. Necesitamos esa perspectiva, esa certeza, esa herramienta de la Internacional.

Miguel Usabiaga
Director de Herri