BOUCAU, VILLA SOLIDARIA

BOUCAU, VILLA SOLIDARIA

Boucau, Villa Solidaria

Desde las primeras elecciones municipales celebradas, allá por los años 20, en Boucau ganaron los comunistas. Elección tras elección. Era un lugar de fuerte presencia obrera, por estar situada en ese municipio una gran acería, las “Forjas del Adour”. Los reiterados triunfos comunistas, junto al vigor de su organización local, hicieron de Boucau una especie de soviet francés, que, gracias a estar muy cerca de la frontera española sirvió como ayuda a todos los fugitivos políticos de España y Portugal.

Tras la aplastada revolución de octubre de 1934 en Asturias, los militantes más comprometidos intentaban escapar a Francia, para evitar la represión. Para ello contaban con la colaboración del Partido Comunista y de la Juventud Comunista. El último eslabón de esa cadena de solidaridad comunista enlazaba Donostia e Irún. Los asturianos fugitivos llegaban a Donostia, desde donde eran dirigidos por algún camarada a Irún en tren. El camarada los recibía la mayoría de las veces en la puerta de la iglesia de San Ignacio, en Gros, aunque a veces también en la puerta de la catedral del Buen Pastor. La consigna era consigna era conocida por los fugitivos: su guía llevaría un diario, “La Voz de Guipúzcoa”, doblado bajo el brazo. El camarada se dirigía hacia la estación de tren, y los asturianos lo seguían. En el vagón debían ir cerca de él, viéndole, pero separados.
Aunque a veces cometían la imprudencia de juntarse, lo que en una ocasión, por mediar un chivatazo a la policía, les costó la detención y caída de todo el grupo, los fugitivos y también el guía, por ir junto a ellos. En Irún descendían del tren, y los esperaba otro camarada, con la misma consigna, que relevaba al primer guía y los llevaba a un escondite para aguardar allí hasta el momento del paso. El paso, convenido previamente para una determinada hora y día, normalmente se hacía con un contrabandista profesional, apodado “Mantecas”, que cobraba un dinero por sus servicios. Cuando “Mantecas” los pasaba la frontera, en el otro lado los esperaban camaradas franceses, que los llevaban a Boucau, donde estaba el centro de esa red de la solidaridad. Allí los hospedaban, y luego los dispersaban por otros lugares de Francia. E incluso algunos fugitivos de octubre de 1934, como los cuatro de Mondragón, acusados de asesinar a Oreja, pasaron por Boucau, y desde allí marcharon a la Unión Soviética, para protegerse. Tomas Zubizarreta solía ser el último enlace, y Marcelo Usabiaga el eslabón entre Donostia e Irún.

A Boucau no sólo llegaron los fugitivos de Asturias en octubre de 1934, también era un lugar de acogida para los estudiantes comprometidos políticamente que huían del dictador portugués Salazar, en esos años treinta. Para los estudiantes operaba otra red, no la comunista, sino la que prestaba la FUE, la Federación Universitaria y Escolar, el sindicato estudiantil de izquierdas, que tenía lazos con sus camaradas portugueses y les ayudaba a escapar a Francia, antes de que fueran detenidos. Algunas veces, la FUE usaba el mismo enlace final, con el contrabandista “Mantecas”; pero otras eran los mismos militantes estudiantiles quienes los pasaban a Francia, sobre todo si era verano.
Porque si era verano era más fácil disimular el paso de la frontera por el mar, de playa a playa, como si fueran simples bañistas. En esas ocasiones, un camarada irunés pasaba previamente a Francia y entregaba la ropa del o de los fugitivos, a los camaradas de la juventud comunista francesa; y regresaba, para reunirse con el portugués o los portugueses. Y luego, juntos, pasaban nadando de la playa de Hondarribia a la de Ondarraitz en Hendaya, donde los esperaban los franceses con la ropa. El irunés regresaba nadando y todo parecía una asunto ocioso del verano. El destino de esos portugueses era el mismo: Boucau, donde serían recibidos, alojados, y finalmente distribuidos a otros lugares.
Boucau también tuvo un vecino ilustre, André Moiné. Un histórico dirigente comunista francés, y amigo personal de Jesús Larrañaga.

Jesús Larrañaga, el popular líder comunista guipuzcoano, comisario político de todo el Ejército del norte en la Guerra Civil, y que fue fusilado en enero de 1942 en las tapias del cementerio de la Almudena madrileño, tras ser detenido cuando vino desde Sudamérica para incorporarse a la lucha clandestina contra Franco. Jesús se hizo comunista en Boucau.
Cuando Jesús era un aprendiz en la fábrica de elementos auxiliares de los ferrocarriles, la CAF de Beasain, se implicó en una gran huelga que tuvo lugar en la empresa, y perdió el empleo. Jesús provenía del campo de las juventudes nacionalistas, y, aunque estaba despertando a la lucha obrera., su conciencia política y social aún estaban sin definir. Sin trabajo, Larrañaga se fue a Boucau, porque sabía que allí había una gran siderurgia y, con lo que había aprendido en la CAF, pensó que podía obtener trabajo, como así ocurrió. Llegó a Boucau como una aprendiz obrero, nacionalista, y salió de allí como un dirigente comunista. Resultaron decisivos para su cambio: la camaradería que vio en aquel municipio, la vida con los sindicalistas de la fábrica, la amistad de André Moiné.

Recuerdo que la primera vez que visité Boucau fui en bicicleta desde Donostia, con dos amigos ciclistas. Era una buena excursión, de unos ciento veinte kilómetros en total, sesenta de ida y otros tantos de vuelta. En casa había escuchado a mi padre, Marcelo, contar aquellas cosas que pasaban en Boucau, y eso había construido en mí, sobre ese nombre, sobre ese lugar, un mito. Nos adentramos en bicicleta por la zona fabril, me acuerdo muy bien, tengo la imagen física nítida de aquellas fábricas, talleres, edificaciones de ladrillo viejo, carreteras polvorientas.
Nos sentamos a almorzar, para recuperar la energía para el regreso, en el zaguán de un taller cerrado. En la pared de la fábrica de enfrente había una gran pintada: “Vive la dictadure du proletariat”. Aunque era un concepto que nuestro partido ya había dejado atrás en su elaboración teórica, me gustó, y me indicó que estaba en un lugar distinto.

Valgan estas líneas para subrayar, con el ejemplo histórico de Boucau, la importancia del poder municipal, no sólo para la gestión de los asuntos urbanísticos, o de política local; sino que en él se incardina y tiene una presencia la gran política.

Imaginemos que aquellos fugitivos refugiados en Boucau son los actuales emigrantes, los que se juegan la vida con los cayucos, en el Bidasoa, en las tripas de cualquier camión.

 

Miguel Usabiaga

Director de Herri / Arquitecto, Escritor

90 Años de “Euzkadi Roja”

90 Años de “Euzkadi Roja”

90 Años de “Euzkadi Roja”

 “¡Obreros: en pie contra la reacción y el fascismo!”
Gran titular de portada del primer número

Con la llegada de la II República, el Partido Comunista de España, que había pasado gran parte de su corta existencia en la clandestinidad por la dictadura de Primo de Rivera, recupera su legalidad. Esto supondrá la reorganización de su estructura, la llegada de nuevos militantes y la aparición de sus primeros medios de difusión. En Euskadi, tras dar carpetazo a unas primeras publicaciones provinciales como la vizcaína ‘Bandera Roja’ y algunas otras de las que apenas queda información, la Federación Vasco-Navarra apuesta por elaborar un medio impreso más elaborado: el ‘Euzkadi Roja’.

Es difícil encontrar en la portada de su primer número, con el gran titular “¡Obreros: en pie contra la reacción y el fascismo!”, la épica que arrastrará la que fue una de las publicaciones comunistas más serias y atractivas de su tiempo en lengua castellana. Aún así, en ese ejemplar que vio la luz un 25 de marzo de 1933, ya se encuentra la esencia que le acompañara sus más de dos décadas de vida: compaginar su labor como órgano del Partido y la de altavoz de las reivindicaciones de los trabajadores vascos.

En pocas semanas, pasó de ser un medio netamente guipuzcoano, con la redacción en pleno casco viejo donostiarra -calle Puerto 7-, al portavoz del conjunto de los comunistas vascos. De hecho, a partir del número 10, el semanario acompañará a su ya mítica mancheta la frase “órgano en Euskadi del Partido Comunista SE de la IC” introduciendo información llegada de Vizcaya. Aún así, en esta primera época, dada la fuerza y militancia existente en la provincia guipuzcoana, son municipios como Irún, Tolosa, Rentería, Billabona, Pasajes o Eibar los que aparecen con más asiduidad. Normalmente, la información que aparece de ellos tiene que ver con conflictos laborales y denuncias sindicales. No por nada el periódico se definía también como “Portavoz de los sindicatos revolucionarios’ y tenía un par de secciones fijas que se denominaban “La voz de las fábricas, empresas…” y “Acción obrera y campesina”.

 

Número a número, la publicación va cogiendo peso y aumentando el número de corresponsales en pueblos y fábricas, llegando hasta territorio navarro. La redacción, dirigida por Ricardo Urondo, cambia al callejón de Arroca del barrio de Amara viejo, donde estaba situada la imprenta ‘Editorial Moderna’ de la que salían los ejemplares. En sus cuatro páginas, se puede seguir la actualidad política vasca, nacional y europea, haciendo especial hincapié en los logros de la Unión Soviética y en el auge del nazismo que se vivía esos años. Tampoco escapaban de sus páginas los apasionados debates entre nacionalistas y partidos obreros, que se daban a través de los editoriales y artículos de los periódicos de cada ideología. Todo bajo ese cariz irónico y hasta humorístico que impregnaba la prensa del momento, en el que opinión e información se mezclaban en los artículos periodísticos sin complejos. Reforzando esa imagen, aparecieron las primeras ilustraciones, caricaturas y tiras cómicas, que serán acompañadas más tarde, a finales de 1935 y a cuentagotas, por fotografías de actualidad.

Evidentemente, en esta primera época como en el resto de su historia, ‘Euzkadi Roja’ no oculta que es un órgano de un partido político y, por ello, es utilizado como altavoz de los informes del Partido Comunista, pero también como medio para comunicar a sus militantes las reuniones y, algo mucho más extraño hoy en día, las expulsiones: publicándose los nombres y apellidos de aquellos que dejaban de pertenecer al PCE, explicándose sin tapujos las causas.

Tras Urondo, la dirección de ‘Euzkadi Roja’ recaerá en el dirigente comunista Ramón Ormazábal, quien será su principal referente durante casi dos décadas. Junto a ambos, en estos primeros años, en sus páginas aparecen firmas como las de Jesús Larrañaga, Agustín y Sebastián Zapirain, Leando Carro, Aurelio Aranaga, Ricardo Castillote, Julián Antonio Ramírez Hernando, Tomás Fernández, Urizar, Ángel Santamaría, Anton de Amaya, Mariano Lucio… y otras tantas que bajo seudónimos como ‘proletario’, ‘arrantzale bat’, o ‘un cartero’ escondían las denuncias y avisos que trabajadores vascos hacían llegar al semanario y que redactores como Marcelo Usabiaga daban forma. Una mezcla, en definitiva, de periodistas vocacionales, jóvenes militantes y lectores implicados.

Como es obvio, la historia de ‘Euzkadi Roja’ camina paralela a la de su organización política y a la del propio país. Así, con el nacimiento, en diciembre de 1935, del Partido Comunista de Euskadi como tal, se da una nuevo impulso al semanario, que estuvo a punto de desaparecer a finales de 1934. Se comienza una nueva numeración, se define el semanario como “órgano del Partido Comunista de Eukadi” y se logra aumentar, puntualmente, el contenido hasta las seis páginas. También se amplian las secciones en euskera, las corresponsalias y la información estatal, que va ganando peso conforme aumente la tensión entre los bloques de izquierda y derecha. Aunque la sede central se mantiene en Donostia, el periódico abrirá oficina en Bilbao, aumentando el peso de la información procedente de Vizcaya.

Lo que no varíara en esta ‘segunda época’ será el precio -15 céntimos- y la aparición de los censores. Como se podía leer en los ejemplares, su publicación estaba sujeta “a la previa censura”, que solía aparecer en forma de grandes cuadrados y rectángulos negros que ocultaban la información suprimida. Todo avalado por la Ley de Orden Público de 1933, que tuvo su momento más álgido tras la Revolución de 1934, cuando la cabecera fue suspendida (1). Cierre del que no se recuperó hasta el ya referido diciembre de 1935.

Si bien la convulsión política del momento ayudó a que publicaciones como ‘Euzkadi Roja’ aumentara su tirada, lectura y trascendencia social -el propio semanario informaba de logros como la tirada de segundas ediciones tras agotar la primera, o el eco que en otros medios tenían sus noticias-, la realidad es que a punto estuvo de desaparecer tras el golpe de Estado y posterior inicio de la guerra civil. En parte, por una curiosa apuesta de los republicanos guipuzcoanos por el periódico unitario ‘Frente Popular’ que dirigiría el comunista Ricardo Urondo; y, en parte, por la toma de Donostia por las tropas fascistas en septiembre de 1936.

Tendrá lugar, así, el primer peregrinaje de la redacción de ‘Euzkadi Roja’, el más sencillo si lo comparamos con los que tendrán lugar posteriormente. La llegada a Bilbao, un 22 de septiembre de 1936, marcará, paradójicamente el inicio de la época dorada para el semanario. Semanario que dejará de serlo en diciembre, cuando pasará a una periodicidad diaria y a ocho páginas de contenido, codeándose con el resto de la prensa vizcaína.
Será en su sede de la calle Ledesma y las posteriores de Buenos Aires y Gran Vía donde viva sus mayores éxitos periodísticos y de tirada. De los 15,000 ejemplares de noviembre pasa a 25.000 en diciembre, 34.000 en enero y 48.000 en junio de 1937. A alcanzar estos números ayudará su distribución no solo en Euskadi, sino también en Cantabria y Asturias, lugares donde era el medio referencia de comunistas y milicianos. Así lo podemos encontrar en los cientos de encargos, suscripciones o peticiones que se conservan de esta época. Y era, precisamente, la de la distribución una de las tareas más costosas y determinante a la hora de garantizar la supervivencia del periódico.

Por cierto, que esas grandes tiradas eran posibles también por la rotativa que dispuso en aquellos meses, incautada al diario golpista ‘El Pueblo Vasco’ y en la que también imprimían ‘Tierra Vasca’ o ‘Unión’, entre otros.

Como ya hemos comentado, aunque el conflicto bélico ayudaba a aumentar la tirada y el eco de ‘Euzkadi Roja’, también acarreó duras consecuencias para la cabecera. Por un parte, la mitad de los empleados fueron llamados a filas, lo que obligó a la dirección liderada por Ormazábal a pedir aplazamientos de incorporación que permitieran seguir ejerciendo su profesión a una minoría de redactores, diseñadores, fotógrafos y trabajadores de las imprentas. Un ejemplo de este drama lo encontramos en el número del 27 de abril de 1937, donde se hace referencia a la muerte en el frente de Félix García, un trabajador de los talleres desde la primera época guipuzcoana, tras ser llamado a combatir.

Por otra parte, el empobrecimiento que provocaba la guerra hacía que aunque el periódico se seguía leyendo, esta práctica se realizaba en grupo más que individualmente, bajando las ventas. De hecho, en algunos lugares, sobre todo entre los batallones, se distribuía gratuitamente.

Para hacer frentes a los gastos que suponían este ‘Euzkadi Roja’ diario, a las nuevas secciones de agenda cultural, hemeroteca, esquelas o deportes, se sumó la aparición de publicidad privada. Esta es la única época del periódico en el que se pueden encontrar anuncios de bares, talleres, sastres, ópticas o clínicas.

Otra de las secciones destacadas en este tiempo era la de ‘Euzkadi Roja en la retaguardia’, ‘Convocatorias, llamamientos y presentaciones’ con avisos a los radios (agrupaciones) del partido y sobre reuniones de sindicatos; y la del ‘Buzón del miliciano’, en la que se recordaban a soldados muertos, se preguntaba por los desaparecidos o se publicaban cartas de ánimo llegadas de todo el territorio

JON HERNÁNDEZ

Secretario General
del Partido Comunista de Euskadi

Chivato

Chivato

Chivato.

A los verdugos se les reconoce siempre.Tienen cara de miedo. —Sartre—

Se han llevado a Nicasio Sacristán a la plaza de toros.
—Mecagüendios.
El Árcangel San Miguel recibe el exabrupto con indolencia, sus ojos de madera ni siquiera esbozan un reproche. Es de noche y ambos se encuentran en la capilla del Patronato, iglesia que con los años será lugar de reunión de asambleas clandestinas de la HOAC (que con el tiempo germinarán en la creación de CCOO). Pero estamos a martes 6 de mayo de 1947 y esa noche la capilla sestaoarra no ofrece otro amparo que el más evidente: ser un escondite.
—Mira —José Luis El Maño le extiende a su compañero un papel de prensa de fecha 3 de mayo—. Lee lo que han escrito sobre nosotros estos fascistas.
Roberto Díaz coge la hoja de El Correo Español – El Pueblo Vasco que se le ofrece. Aunque tiene veintitrés años y los ojos de soldador empiezan a flaquear, Roberto acierta a leer en la semioscuridad: «¡Víctimas siempre de la falta de conciencia de los agitadores profesionales que no dan la cara, atentos a eludir su responsabilidad criminal!». Pero ¿qué acusaciones eran esas? ¿Agitadores profesionales? ¿Criminales ellos? Una rabia intestina cruza el estómago de Roberto. Es verdad que ambos habían secundado la huelga general convocada el 1 de mayo por UGT, ELA-STV y CNT, ¿pero acaso eso les convertía en criminales? ¡Ellos eran trabajadores de la Babcock Wilcox! ¡Caldereros metalúrgicos, carajo!
—Cuentan que Bilbao está tomada por el ejército —añade El Maño con deje cansado—. Y que son tantos los detenidos que han empezado a meterlos en la plaza de toros. Como a Nicasio.
—Hijosdeputa —susurra Roberto.
—También se cuenta que ayer Altos Hornos fue ocupado por la Policía Armada.
La situación, sopesa Roberto, es ciertamente desesperada. Llevan huyendo desde que un par de días antes, el 3 de mayo, desobedecieran la orden de libertad vigilada del Gobernador Civil de Vizcaya, Genaro Riestra. Eso les convertía en fugitivos, en víctimas propiciatorias para las patrullas de falangistas que recorrían la margen izquierda. Es más, a todos los efectos ambos podían considerarse entre los 14.000 despedidos con que se saldó la primera jornada de huelga, edicto franquista mediante. No tenían trabajo, no tenían apoyos y los enemigos se multiplicaban.
—¿Qué podemos hacer? —pregunta Roberto, pero más parece una pregunta retórica.
Roberto se fija en las manos de su amigo, grandes como palas, bruñidas como el metal. Manos de fundición, ardientes, trabajadas. Manos igual que las suyas. Ellos sólo están luchando por unas condiciones de vida más dignas, por enfrentar el hambre, ¿cuándo y cómo se han convertido en delincuentes? Era cuestión de tiempo que fueran apresados, torturados quizá, y ambos lo sabían.
—¿Qué vamos a hacer? Te voy a decir lo que vamos a hacer —en el rictus de El Maño se dibuja una mueca cruel—, así sea lo último que hagamos en vida. Vamos a ir a por El Comadreja.

II.
Roberto y José Luis aprovechan el amanecer para salir del Patronato y subir por Queipo de Llano (calle que la gente sigue llamando Los Baños). Los amaneceres en Sestao son siempre grises —gris metal, gris del cielo, de las nubes amenazando con fría lluvia gris—, y esa mañana de miércoles 7 de mayo de 1947 no es una excepción. El gris no es un color, es la ausencia del mismo, pondera Roberto. Perpetuo gris Sestao.
Así las cosas, lloviznando, la pareja asciende la cuesta que lleva hasta la Gran Vía de Carlos VII. Observan y se sienten observados, vigilantes de que una patrulla de falangistas no aparezca al final de la calle. Eso sería el fin. Pero ahora comparten un objetivo y caminan hacia él con determinación. El Comadreja, de nombre Jesús Carrasco, es el delegado falangista que dio sus nombres cuando empezó la huelga. El chivato. El maldito chivato. Le darán la paliza de su vida.
—Chist, ¡calla! —Roberto le hace un gesto a su compañero—. Rápido, escondámonos.
Veloces como flechas se esconden bajo el balcón de La Galana, al amparo de una sombra, justo a tiempo de ver pasar una patrulla. Sus camisas azules les delatan, falangistas con patente de corso. Un transeúnte se cruza con ellos y los falangistas le gritan «¡Viva Rusia!». Se trata de una provocación, claro; así que el transeúnte agacha la mirada y continúa acobardado su camino, en silencio. Ha hecho bien. Si hubiese respondido al viva, o incluso si hubiera contestado cualquier cosa, le habrían apaleado sin compasión. Pasar inadvertido es el único método de defensa propia en estos días de 1947.
—Malditos sean —musita bajo su barba José Luis El Maño—. ¡Cómo odio a estos sembradores de miedo!
—Guarda tu rabia para El Comadreja —le tranquiliza Roberto con la ligereza de su juventud—. Él pagará por todos.
Dejan transcurrir cinco minutos hasta que abandonan su refugio oscuro del balcón. Cualquier precaución es poca. Aspiran una bocanada de angustia y reparan en que el aire hoy no huele a humo, señal inequívoca del éxito de la huelga. Aunque ésta flaquee, han conseguido detener las perennes fumaradas.
Sin más contratiempos, hisopados bajo el sirimiri, consiguen alcanzar el caserío Landa y de ahí a la pequeña casa de El Maño donde confían no les hayan ido a buscar. De todas formas no van a perder más de diez minutos, otro curso de acción sería insensato. Comer algo de pan, hacerse con cuchillos de cocina y salir de nuevo. Ese es el plan. Pero están a puntos de abandonar la casa cuando llaman a la puerta.
—¡Silencio! —ordena Roberto—. Puede ser la Guardia Civil. O los falangistas.
Una calma tensa, como si la realidad se filtrara a través de una gasa, flota en ese momento. Les resulta sencillo imaginar su futuro cercano, siendo detenidos, arrastrados, golpeados hasta la extenuación. Un futuro cercano de dolor y sangre. ¡Pom, pom!, alguien vuelve a golpear la puerta. Los aldabazos son el sonido del terror.
—¿José Luis? —al otro lado de la puerta alguien pronuncia su nombre—. Soy yo, Ernesto. Tu primo.
Ambos respiran aliviados, soltando todo el aire de su pecho. Ernesto es un amigo y compañero, trabajador de La Naval. Le hacían detenido desde el principio de la huelga, no obstante ahí está. Abren la puerta con sigilo y le hacen pasar.
—Ernesto, mecagonlaleche —le dice José Luis—, ¡qué miedo nos has hecho pasar!
—No es para menos, ¿no os habéis enterado? —informa Ernesto—. En Bergara han asesinado a un sindicalista. Un tal Unzurrunzaga, apodado Xabale. Un suicidio, han dicho. Ya sabéis, un suicidio de los que estos son expertos.
—Asesinos —define Roberto.
—Hijosdeputa.—concreta El Maño.
—Por lo demás —prosigue Ernesto—, la Papelera de Arrigorriaga se ha sumado a la huelga. También los panaderos. Pero cuanta más gente se suma, tanto más aumenta la represión. Dicen que hay más de 5.000 trabajadores retenidos en la plaza de toros.
—Ayer detuvieron a Nicasio y lo llevaron allá —interviene Roberto—. Pronto no será suficientemente grande para contener a todos.
—Cuando eso ocurra, no tengas dudas de que comenzarán a tirar gente a la ría —apostilla José Luis—. Esta gente no tiene madre.
Un silencio pesado cae sobre los tres. No tienen duda de que así ocurrirá si llega el caso.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? —inquiere Ernesto—. No es lugar seguro.
Roberto y José Luis se escrutan, dudando si hacer partícipe a Ernesto de su plan. No es un tema de desconfianza, sino de precaución. Ernesto luchó en la guerra civil y acabó confinado en el campo de concentración de Buchenwald, donde le marcaron con un triángulo rojo invertido, identificativo de comunista. Sobrevivió de milagro. No, absolutamente ninguna suspicacia hacia el camarada Ernesto. Pero cuanto menos sepa, mejor para él.
—Hemos venido a recoger algunas cosas —explica Roberto de forma inespecífica —. Nos íbamos ya.
Ernesto mira el rostro desencajado de sus amigos, la gravedad de su gesto. Y entiende. A menudo hay silencios más elocuentes que las palabras.
—Tened cuidado —es capaz de decir.
Se despiden con un abrazo y salen de la casa; Ernesto por un lado y Roberto y José Luis por otro, hacia el Valle de Trápaga, donde habita El Comadreja. Con la determinación de los homicidas, caminan. Como estantiguas justicieras descienden por los terrenos de Galindo, sosteniendo sus armas mientras atraviesan la rivera pantanosa, los barrizales de óxido. Sus dientes son de caimán.

III.
Cerca del Palacio Olaso. Es la madrugada del 7 de mayo de 1947 y sobre el Valle de Trápaga cae una pátina oscura, desdibujando los edificios, confiriendo al conjunto alma de daguerrotipo. Roberto y El Maño se han escondido en las huertas lixiviadas de Elguero, esperando la noche, y la humedad se les ha metido en los huesos. Tienen frío y están hambrientos. Por la mente de Roberto cruza un recuerdo de su padre, que formó parte de las JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) y falleció en la guerra. José Luis El Maño tiene cuarenta y tres años y también piensa en la guerra, pero en primera persona: él estuvo en la batalla de Belchite y no le gusta hablar de ello
Son poco antes de las dos de la madrugada cuando escuchan el tintineo de una bicicleta, su soniquete metálico rompiendo la paz de esa hora. Jesús Carrasco, El Comadreja, no tiene otro vicio conocido que las dos ruedas. Las dos ruedas y la delación. Al final aparece por la esquina.
—Se creerá Gino Bartali, el mamón —escupe Roberto.
El Comadreja desciende de la bicicleta y saca las llaves de su casa. A pesar de la escasez de luz, el azul de su camisa brilla con el color de la vileza. Azul falangista, azul sangre. El azul abismo de la maldad.
—Como grites, te clavo esto en el pulmón —José Luis El Maño ha salido sigiloso de su escondrijo y apoya un punzón sobre la espalda del chivato—. Como hay puto Dios que te lo clavo.
—Vamos, adentro —ordena Roberto.
Las gigantescas manos de José Luis sostienen el punzón con fuerza, atravesando la ropa de El Comadreja, que obedece y calla. El rostro del chivato se muestra lívido, ajeno a cualquier otra expresión que no sea el terror. Es curioso, reflexiona Roberto, seguramente ha pasado el día repartiendo el mismo miedo, disfrutando del poder que le da atacar en grupo. Pero en soledad sólo es un cobarde más. Un mierda cobarde más.
Con el arma entibada tras su hígado, acceden a la vivienda del chivato. La casa de El Comadreja, observan, no es mucho mejor que la suya, no muestra la prosperidad que cabría esperar de una alimaña delatora. Las paredes muestran desconchados como una piel que se despellejase. Por todas partes hay repartida suciedad, mugre en tal cantidad que la estancia posee un efecto emético, esto es, da verdadero asco. El Comadreja es un animal, concluyen, y vive como tal.
—Esperad… esperad… —espesos churretones de sudor caen desde el pelo aceitado del del chivato—. Antes de hacer nada, escuchadme. Os puedo ofrecer un trato. Un buen trato. Hablemos.
—¿Hablar? —con severidad la voz de José Luis rompe la noche—. Con los fascistas no se puede hablar, hay que combatiros a hostias.
Pero El Comadreja no escucha y les tiende un papel. Se trata de un papel manoseado con membrete oficial del Régimen.
—Leed, leed lo que pone—les insta el chivato—. Se ha hablado con el subsecretario de industria y antiguo director de AHV, Eduardo Mellero. Tiene la orden de no negociar con huelguistas. Franco no negocia.
Roberto y El Maño leen la orden ministerial y en su cara se dibuja algo parecido al desánimo. El Comadreja continúa:
—Además, internacionalmente no tenéis apoyos. Me consta de buenas fuentes que José Antonio Aguirre va a desconvocar oficialmente la huelga en un par de días. El PNV ordena la rendición desde el exilio, aparecerá en el Euzko Deya. Se acabó.
Si eso era cierto, el cinturón industrial de la Ría del Nervión estaba perdido y la huelga habría sido un fracaso. Sin embargo, a la mente de ambos viene entonces el momento de la asamblea del 30 de Abril, en la Babcock Wilcox. José Luis El Maño había estado entre las voces cantantes y en un momento dado la juventud entusiasta de Roberto había levantado el brazo de su amigo y proclamado: «¡Abriremos la cabeza de los esquiroles!». Eso les puso en la picota. El Comadreja no necesitó más para señalarles como instigadores. Al día siguiente fueron despedidos.
—La huelga quizá habrá sido un fracaso —Roberto arruga con rabia el papel ministerial—, pero tú pagarás por todos.
—Pero, ¿no entendéis? —El Comadreja junta las manos en señal suplicante, agrandando sus ojos de topo—. Ahora mismo soy vuestra mejor opción. Puedo conseguir que os readmitan en la fábrica. ¡Que os readmitan a los dos! Y prometo no contar nada de esta noche.
Durante una fracción de segundo, ambos sopesan la oferta del chivato. Pero, ¿acaso alguien se puede fiar de un delator? ¿De un falangista? ¿De una rata? Sin mediar palabra, la mano gigante de El Maño impacta contra el estómago del chivato. Un golpe seco, demoledor, del mismo mineral de hierro que esa mano trabaja a diario.
— ¡Chivato! —y escupe al suelo.
Jesús Carrasco, El Comadreja, cae al entarimado. Sus brazos se retraen y parecen los de un tullido. Se dobla de dolor y gimotea lastimeramente.
—Mira, se ha meado —señala Roberto.
Es cierto, un olor amoniacal invade la estancia y un surco oscuro se dibuja en la pernera del chivato. Pero algo resulta anormal en sus movimientos: El Comadreja ha comenzado a convulsionarse. Se golpea la cabeza contra el suelo a la vez que violentos espasmos le recorren el cuerpo.
—Hostia, le está dando un ataque. ¡Qué fuerte le has pegado!
— Sólo ha sido un puñetazo —se excusa El Maño.
Pero el organismo del chivato no escucha y sigue con su baile enérgico, las cuencas de sus ojos blanqueándose, su lengua retrocediendo hasta la tráquea, bloqueando el aire que debería entrar por su garganta. Todo sucede muy rápido, en segundos el rostro de El Comadreja torna de un color rojo cereza, sus facciones desencajadas, su nariz rezumando una mucosidad gelatinosa. Roberto y José Luis contemplan la escena sin atreverse a intervenir; además, si piden ayuda, ¿cómo explicar qué hacían a esa hora en casa del delegado falangista?
La agonía se prolonga un par de minutos hasta que en un momento dado el cuerpo del chivato se detiene. Deja de moverse. Del todo. Un hilo de saliva fluye de esa boca antes delatora. Su pelo lardoso cae ahora exangüe.
—¿Está muerto? —pregunta Roberto, sus ojos dejando entrever el terror por lo observado.
—Sí —El Maño se ha agachado y toma el pulso en el cuello—. Mecagondios, si casi no lo he tocado.
Roberto se echa a llorar. Sus veintitrés años fantasean con acusaciones de asesinato y el garrote vil. Su juventud nunca ha visto tan cerca la muerte.
—Nosotros sólo queríamos asustarlo, darle una lección, ¿verdad, José Luis?
—Se ha muerto de miedo, no le des más vueltas —su amigo se inclina hacia él y lo arrastra hacia el exterior—. Vamos, Roberto, salgamos. Es mejor que marchemos de este lugar cuanto antes.
La noche cerrada de Trápaga les recibe como una placenta acogedora. La oscuridad es su amiga, oh, brillante calígine que les ampara y les oculta mientras huyen, corriendo entre huertas, dejando atrás el cadáver del chivato.
—Nosotros no somos asesinos, ¿verdad, José Luis? —Roberto no se cansa de preguntar—. No lo somos, ¿verdad, maño?

IV.
La arena se mezcla con la desesperanza sobre el coso bilbaíno. Se estima que, a falta de un lugar mejor donde retenerlos, son más de 6.000 los huelguistas confinados en la plaza de toros de Vista Alegre. Roberto y El Maño llevan en ella desde ayer, 9 de mayo, cuando se entregaron a las autoridades. Han dormido al raso, sobre el hormigón, y están exhaustos.
—¡Roberto! ¡Maño! —a mediodía alguien les saluda entre la marea humana.
Delante de ellos aparece Nicasio Sacristán, sonriente, sus brazos fraternalmente abiertos. José Luis le abraza con efusividad; Roberto le da la mano, pero esta cuelga blanda. Roberto muestra un semblante triste, lleva varios días sin dormir.
—Esto ha terminado, amigos míos —les informa Nicasio—. En Radio Euskadi no dejan de emitir el comunicado de José Antonio Aguirre. En nombre del Consejo de la Resistencia y de las tres organizaciones sindicales, el Gobierno Vasco pide que nos reincorporemos al trabajo.
—¿Reincorporarnos al trabajo? —pregunta El Maño—. ¿Cómo?
—Se habla de solicitudes individuales de readmisión —comenta Nicasio—. Cada trabajador ha de solicitar su incorporación y será la empresa quien decida. Pero se da por hecho que perderemos la antigüedad. Es su manera de hacernos saber que hemos sido derrotados.
Definitivamente, la huelga había sido un fracaso. Ningún objetivo había sido conseguido, más allá de cierta repercusión internacional. Pero a efectos prácticos, los trabajadores del metal estaban peor que antes de empezarla.
— De lo malo —sonríe Nicasio—, también se rumorea que a ese compañero falangista vuestro, Carrasco, lo han encontrado muerto en su casa.
— ¿Muerto? ¿Cómo que muerto? —le interpela Roberto sin intentar ocultar su nerviosismo.
— Un cólico miserere, que sé yo —se burla Nicasio—. Le debió pegar un ataque. Lo mismo da, un fascista menos.
Roberto agacha la mirada y densas lágrimas de drupa, incontinentes como calamocos, se descuelgan desde sus ojos. La tensión acumulada en los últimos días ha sido brutal. El miedo. La incansable culpa.
—Tranquilo —El Maño cruza una mano por el hombro de su amigo, intentando tranquilizarle—. No pasa nada, tranquilo.
Una idea fugaz cruza la mente de José Luis: quizá dentro de décadas la huelga será recordada como un acto de resistencia y dignidad, pero esa mañana de 10 de mayo de 1947 la huelga es lo más parecido a un naufragio. Por lo que a él respecta, lo único bueno que sacaba de ella era la muerte de El Comadreja. Joder, qué coño, sólo por ver la lengua fuera del chivato, sus ojos de pescado muerto, ya había valido la pena.
Sin mucho más de que hablar, se despiden de Nicasio y aguardan sobre el tendido. Al igual que ellos, los miles de huelguistas conforman una tropa desmoralizada. Trabajadores de Altos Hornos, de Euskalduna, de La Naval, de Aurrera, de Basconia, todos vencidos. Nadie se ha preocupado en días de darles de comer, así que están cansados y famélicos. Sobre el graderío se suceden los cuerpos tumbados, exánimes. José Luis El Maño dedica las horas a mirar con aburrimiento un punto en el infinito. Por su parte, Roberto entrelaza sus manos en contracciones repetitivas, sistemáticas, definitivamente histéricas, los músculos de su cuello tensos como cadenas de Vicinay.
— Voy a mear —anuncia Roberto en un momento dado.
Pero cuando vuelve, no regresa solo. José Luis, estupefacto, le ve llegar acompañado de dos guardiaciviles que le escoltan. Roberto gimotea como un niño, de una forma patética e inconsolable, pero aun con los ojos anegados, levanta el brazo y señala a El Maño en presencia de los verdes. Es un gesto sencillo realizado con el dedo, pero cargado de un significado macabro. José Luis comprende, al igual que comprenden todos los que presencian lo que acontece. ¿Quieres hacer daño a un hombre? Es sencillo, clávale un puñal y consigue que la empuñadura la sostenga su mejor amigo.
— ¡Chivato! —grita alguien a espaldas los guardiaciviles.

No hay nada que hacer. Sin oponer resistencia, los dos guardiaciviles levantan a El Maño y lo conducen a través del patio de arrastre. José Luis intenta cruzar la mirada con Roberto, mirarle a los ojos, escrutar algún gesto de vergüenza en su semblante traicionero, pero este humilla la cabeza avergonzado. Al contemplar la escena, resulta inevitable no pensar en El Maño como en un toro camino al desolladero.
Los guardiaciviles se van y Roberto queda en el centro de la plaza. Rodeado de gente y sin embargo solo. El desprecio que experimenta, autodesprecio en gran medida, no le abandonará nunca.
A José Luis El Maño nadie le volverá a ver. Jamás. Ni vivo ni muerto.

V.
La margen izquierda regresa a su cansancio ferruginoso, a su vivir atabacado. Las chimeneas de Sestao, Baracaldo, Ortuella, Bilbao, pertinaz, indestructiblemente, vuelven a respirar triste ceniza cris. La contaminación recupera su aliento. 12 de mayo de 1947 y los mandos franquistas hacen público el siguiente texto:
“Ante la inexactitud de las informaciones esparcidas por las radios extranjeras a propósito de los conflictos de Bilbao y de Guipúzcoa, la Dirección General de Seguridad comunica que, tanto en Bilbao corno en Guipúzcoa, todos los obreros han reanudado el trabajo sin el menor incidente. La situación en todo el País es absolutamente normal.”
La situación en todo el país es absolutamente normal, aseguran; y no mienten. Nada ha cambiado. Las fábricas vuelven a humear, los trabajadores a trabajar y los falangistas a su siniestra y metódica labor. Obediente, el dinero continúa al lado del dictador —situación, que perdurará décadas, incluso muerto el caudillo—, y la sensación compartida es que la huelga general no ha servido para nada.
El mundo gira y sobre el mundo hay un nuevo chivato.
Absolutamente normal.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

3 de Marzo, la dignidad de una lucha obrera.

José Luis Martínez Ocio
Presidente de “Martxoak 3 Elkartea”.

La historia nos demuestra que la única forma de conseguir objetivos ya sean sociales, laborales, sindicales, políticos o de cualquier índole es la lucha y la movilización popular.

El movimiento huelguístico llevado a cabo por la Clase Trabajadora en Vitoria-Gasteiz en marzo de 1976 es un buen ejemplo de ello.

Contexto
Recién muerto Franco, el régimen dictatorial implantado tras el golpe militar de 1936 seguía intacto en el Estado español. No existían derechos ni libertades, los derechos humanos eran vulnerados de forma continuada, los políticos que gobernaban con Franco seguían en sus tareas en el nuevo gobierno instaurado, ni el ejército ni los cuerpos represivos habían sido depurados, más de lo mismo pasó con la judicatura, la jerarquía eclesiástica seguía colaborando activamente con el régimen, el sindicato Vertical continuaba intacto, etc. etc. etc. En definitiva, el periodo abierto llamado de Transición no era otra cosa en la realidad que una continuidad del franquismo.

En aquellos años se dio una importante industrializa-ción en Álava y especialmente en su capital Vitoria-Gasteiz. Empresas multinacionales como Mercedes Benz, Michelín eran una muestra, también había otras importantes como Forjas Alavesas a las que había que añadir otras más provenientes de Gipuzkoa y Bizkaia. La capital alavesa triplicó su población en apenas 25 años, entre 1950 y 1975, pasó de 52.000 a superar los 150.000 habitantes. Miles de personas llegaron en busca de trabajo y oportunidades, muchas venían desde otras regiones del Estado, como Castilla, Andalucía, Galicia o Extremadura. También es de resaltar la gente proveniente de los pueblos de la provincia desplazados a la capital para trabajar.

Las condiciones laborales eran precarias con salarios míseros por lo cual era necesario meter muchas horas para así poder hacer frente a la carestía de la vida agravada por la alta inflación reinante. A ello había que unir una patronal intransigente que no admitía ninguna reivindicación social o laboral.
La revolución demográfica producida por la industrialización había transformado la ciudad y creó condiciones muy interesantes en un momento histórico apropiado. En un contexto de crisis económica, con el conflicto político entre ruptura y reforma con la dictadura planeando, miles de trabajadores iban a protagonizar un proceso obrero que puso en jaque el guion establecido por las élites franquistas.
El movimiento huelguístico
En ese contexto político y sociolaboral se fue gestando en Vitoria-Gasteiz una inquietud y la necesidad de alcanzar unas condiciones laborales y sociales dignas; en definitiva, la consecución de derechos y libertades de los que se carecían.
Aunque algunas fábricas ya habían iniciado paros desde finales de 1975, puede decirse que el auge del movimiento huelguístico comenzó con la salida a la huelga de Forjas Alavesas el 9 de enero de 1976. Tras esta fábrica, fueron varias las empresas que se sumaron y en total más de 6.000 trabajadores y trabajadoras los que al final se agruparon en el movimiento huelguístico.

Lo primero que se hizo fue no reconocer a los jurados y enlaces de empresa pertenecientes al Sindicato Vertical y cada fábrica, reunida en asamblea, eligió a sus propios representantes. La asamblea fue el elemento principal de la lucha pues en ella se tomaban las decisiones contando con la participación, opinión y consideración de todos y todas las participantes. Los y las representantes elegidos en ellas eran meros transmisores ante los empresarios de las demandas planteadas, pero en ningún caso podían decidir nada, era la asamblea la que tomaba las decisiones. Se formó la Coordinadora de empresas en lucha que agrupaba a los representantes de cada una de ellas.

La tabla reivindicativa era prácticamente común para todas las empresas y abordaba:
A nivel salarial se pedían 5.000 o 6.000 pesetas de aumento lineal para todos, se rechazaba el aumento porcentual pues agrandaba las diferencias entre categorías. Se pedían 40 o 42 horas semanales, además de un mes de vacaciones, puentes, media hora para bocadillo, etc.
También se incluían en las demandas; Jubilación a los 60 años, 100% en caso de accidente y enfermedad, reducción de escalones, etc.
En un primer momento las asambleas se celebraban en los propios centros de trabajo, pero al persistir la huelga y cerrar los empresarios las fábricas, se trasladaron a las iglesias de los diferentes barrios con la permisibilidad de los párrocos de las mismas. Cada fábrica tenía su templo y las asambleas conjuntas se celebraban en la iglesia de San Francisco de Zaramaga.
El proceso tuvo un punto de inflexión cuando se dieron los primeros despedidos y detenidos durante el conflicto, entonces se dejó de lado toda reivindicación sociolaboral y se priorizó la reivindicación “ningún despedido, ningún detenido”.
Debemos resaltar también el papel fundamental que tuvieron las mujeres, tanto las que secundaron la huelgas como las compañeras de los obreros en huelga que les animaban a seguir con la lucha. Las manifestaciones que protagonizaron dieron visibilidad de forma especial al conflicto.

Día 3 de marzo
El 3 de marzo era el tercer día de huelga general convocada en Gasteiz en apoyo y solidaridad con los y las afectadas por el conflicto. A diferencia de las otras dos convocadas semanas antes, la respuesta de este día triunfó plenamente. A la gente que ya estaba en huelga se unió la de otras empresas, los estudiantes, el comercio, las amas de casa, en definitiva, la ciudad se paralizó y salió a la calle en protesta por la intransigencia de la patronal y la represión ante las movilizaciones que se venían dando.

 

El movimiento generado en la capital alavesa molestaba de manera especial tanto a los empresarios como al gobierno pues rompía los esquemas y planes establecidos y podía ser secundado en otros lugares. Por eso, ese día la represión fue brutal desde primeras horas. Las iglesias, hasta ese momento respetadas, fueron invadidas por una actuación policial fue salvaje y se dieron los primeros heridos por disparos de fuego real.
A la tarde, y tras una tensa calma en la ciudad en las horas de la comida, había convocada una asamblea a las 17:00 h en la iglesia de San Francisco para valorar la jornada de movilización. De esa asamblea tenían todos conocimiento, también la autoridad gubernativa. Lejos de impedir el acceso a la gente a la celebración de la asamblea en la iglesia, la policía apostada en los alrededores permitió su entrada. La iglesia se llenó con entre 4.000 y 5000 personas y fue en ese momento cuando la rodeó y sitió.
La policía trasladó al párroco que debían desalojar el templo porque era “una reunión no autorizada”. Su respuesta fue que era pacífica sin alteración alguna del orden y que no lo iban a hacer ante la amenazante actitud policial en el exterior. Hay que decir que en el exterior se encontraban unas 10.000 personas que no habían podido acceder al templo.
Ante la negativa a salir de la iglesia, la policía gaseó el recinto religioso con botes de humo y gases lacrimógenos produciéndose un infierno con la gente aterrorizada y asfixiándose. Se rompieron las ventanas para poder escapar, pero la policía estaba apostada golpeando a quien lo intentaba. Al ver la situación, la gente que se encontraba en el exterior empezó a insultar y lanzar objetos a la policía para atraer su atención para así dejar franca la salida. La policía entonces empezó a disparar fuego real indiscriminadamente tanto a los que huían del templo como a los que estaban fuera de él. 3 jóvenes obreros, Pedro Mº Martínez Ocio de 27 años, Francisco Aznar Clemente de 17 años y Romualdo Barroso Chaparro de 19 años fueron asesinados en ese primer momento y más de 150, unos 50 por disparos, resultaron heridos de diversa consideración que requirieron ingresos hospitalarios. El día 7 de marzo moriría José Castillo García de 32 años y el 5 de abril lo haría Bienvenido Pereda Moral a consecuencia de las heridas de bala producidas.
Los días siguientes prosiguió la represión y se produjeron nuevas personas heridas, algunas de extrema gravedad. Igualmente, todas las expresiones de solidaridad mostradas en diferentes lugares del Estado español fueron brutalmente reprimidas produciéndose dos nuevos asesinatos, Juan Gabriel Rodrigo Knafo de 19 años el 6 de marzo en Tarragona y Vicente Antón Ferrero de 18 años en Basauri.
De la intencionalidad y premeditación con la que se actuó dan muestra estas conversaciones grabadas a la policía a través de la FM (Frecuencia Modulada) de la radio:
… “V-1 a Charlie. Cerca de la iglesia de San Francisco es donde más grupos se ven.”
“Bien, enterado…” Charlie a J-1. Al parecer en la iglesia de San Francisco es donde más gente hay. ¿Qué hacemos?”
“Si hay gente… ¡a por ellos!”
“¡Vamos a por ellos!”
“J-1 a Charlie. Charlie, a ver si necesitas ahí a J-2”
“Envíalo para aquí para que cubra la espalda de la iglesia.”
“J-3 a J-1 Estamos en la iglesia. “¿Entramos o qué hacemos? Cambio.
….Entonces lo que te interesa es que los cojan por detrás.”
“Exacto”.
“J-1 a J-2 Haga lo que le había dicho (acudir en ayuda de Charlie a Zaramaga)”.
“Si me marcho de aquí, se me van a escapar de la iglesia.”
“Charlie a J-1. Oye, no interesa que se vayan de ahí, porque se nos escapan de la iglesia.”
….Mándennos refuerzos, si no, no hacemos nada; si no, nos marchamos de aquí…si no, vamos a tener que emplear las armas de fuego.”
“Vamos a ver, ya envío para allí un Charlie. Entonces el Charlie que está, J-2 y J-3, desalojen la iglesia como sea. Cambio.”
“No…podemos desalojar, porque entonces, entonces… ¡Está repleta de tíos! Repleta de tíos. Entonces por las afueras tenemos…Rodeados de personal ¡Vamos a tener que emplear las armas! Cambio.”
“Gasead la iglesia. Cambio.”
“Interesa que vengan los Charlies, porque estamos rodeados de gente y al salir de la iglesia aquí va a ser un pataleo. Vamos a utilizar las armas. Seguro, además….¿eh?
“Charlie a J-1. ¿Ha llegado ya la orden de desalojo a la iglesia?
“Si, si la tiene J-3 y ya han procedido a desalojar porque tú no estabas allí.”
“Muy bien, enterado. Y lástima que no estaba yo allí.”
“Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones.”
“¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí Ya hemos disparado más de dos mil tiros.”
…. “¿Cómo está por ahí el asunto?”
“Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo.”
“¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio!
“Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia.”
“….aquí ha habido una masacre. Cambio”
“De acuerdo, de acuerdo.”
“Pero de verdad una masacre”

Fraga Iribarne, entonces Ministro de la Gobernación, lo dejó bien claro en su visita a Gasteiz el día 6 de marzo, cuando sentenció: “No se van a tolerar planteamientos anarquistas o utópicos. Que este triste ejemplo sirva de gran lección a todos los españoles en los próximos meses”.

Han pasado más de 46 años y la impunidad sigue latente. Más allá de juzgar a los responsables de la criminal actuación cometida contra la Clase Trabajadora, el Estado da cobijo y amparo a los políticos que la planificaron y a los que la ejecutaron. La Justicia, palabra escrita con la sangre de Pedro Mari Martínez Ocio en el lugar donde fue abatido sigue sin ver la luz. El modelo español de impunidad sigue imperando en pleno siglo XXI, hasta tal punto que Fraga Iribarne y Martín Villa, máximos responsables de la masacre, actualmente cuentan con bustos de reconocimiento en el Senado el primero y medallas por su contribución a la democracia el segundo. Algo inaceptable en un país que se dice democrático.
El Estado no reconoce su responsabilidad y es incapaz de aplicar los derechos de Verdad, Justicia, reparación y Garantías de No Repetición que la legislación internacional recoge para las víctimas de graves vulneraciones de derechos humanos.
Los únicos logros que se van consiguiendo en el ámbito institucional son sobre todo para cambiar la versión oficial de lo ocurrido. es Gracias a la labor de Martxoak 3 Elkartea se han impulsado inicativas como el Dictamen realizado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda o el Memorando elaborado por la Comisión creada para establecer responsabilidades políticas por los hechos acaecidos el 3 de marzo en el seno del Parlamento Vasco y ratificado en pleno.
La gran movilización popular en torno a la Memoria del 3 de Marzo en Gasteiz es también un aspecto a destacar respecto a la lucha contra el olvido y la impunidad de la masacre obrera de 1976; posiblemente es el más satisfactorio, hasta cierto punto sorprendente, porque ha superado todas las barreras diseñadas por una estrategia de Estado que ha pretendido imponer siempre el silencio sobre estos hechos.
Desde el primer aniversario de la matanza, a pesar de todos los obstáculos y muchas veces haciendo frente a la represión policial, año tras año miles de personas se movilizan cada 3 de marzo. Se hace además actualizando la movilización con las reivindicaciones latentes en cada momento, sin olvidar la memoria de los obreros asesinados ni la denuncia de la impunidad del crimen perpetrado por la policía en Zaramaga. El 3 de Marzo se ha convertido en nuestro Primero de Mayo, en una jornada de lucha. De tal manera que, un repaso a las 45 jornadas de movilización celebradas en Gasteiz los 3 de marzo de 1977 a 2022, nos dan una crónica política, una fotografía reivindicativa de las últimas décadas en nuestro país:

El no a la OTAN, la lucha de los insumisos al servicio militar obligatorio, la solidaridad con los presos políticos, la oposición a las reformas laborales, la denuncia de la tortura, la pelea contra recortes sociales, la nueva ola feminista, la defensa de unas pensiones dignas… son algunos de los elementos que han ido acompañando a lo largo de todos estos años el recuerdo y la denuncia de aquel invierno de 1976 en el que el Estado ahogó en sangre tantas ansias de libertad. Eso significa que los valores del 3 de Marzo, siguen vivos en todas esas causas actuales.
Por eso, Martxoak 3 Elkartea va a seguir exigiendo el reconocimiento de la dignidad de aquella lucha y los valores que perseguían las personas asesinadas, heridas y encarceladas en su intento por conseguirlos.
Es una obligación y el mejor homenaje que podemos hacer: Seguir trabajando, aquí y ahora, por la Justicia Social.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

La Huelga General de 1951 en Navarra, las mujeres frente al franquismo.

Los efectos de la pandemia de la Covid-19 y las consecuencias en la economía mundial de la guerra que desde hace medio año se viene librando cruentamente en el este de Europa, entre otras cuestiones macroeconómicas que ya se vislumbraban en el horizonte meses atrás, han ocasionado una desbocada inflación que está empobreciendo a las familias trabajadoras de nuestro país. Pero esta problemática no es nueva. El sistema capitalista es un sistema voraz y destructivo que cíclicamente necesita de crisis económicas para auto-regularse en la persecución de su máximo objetivo; extraer, maximizar y acumular riqueza en unas pocas manos privilegiadas en detrimento de una amplia mayoría social. A principios de la década de los cincuenta, la clase trabajadora de Navarra vivió una situación socio-económica algo similar a la que estamos padeciendo en nuestros días, en la cual mediante el atrevido liderazgo de las mujeres pamplonesas se llegó a la primera Huelga General en la comunidad foral.

Aquella Pamplona de la posguerra era una ciudad provinciana y gris, clerical y ultra católica, en la que el recuerdo de la aún cercana en el tiempo Guerra Civil, y su posterior y terrorífica represión, asfixiaban social y mentalmente a una ciudadanía en su mayoría empobrecida y víctima de la congénita escasez. Recordemos que Pamplona, y Navarra en general, sin contar con un frente de guerra como tal tras el golpe de estado contra la II República Española sufrieron una descomunal represión; más de 3.400 personas fueron asesinadas o hechas desaparecer forzosamente, y en torno a 20.000 personas fueron represaliadas de múltiples formas (encarceladas, víctimas de sanciones económicas y expropiaciones, destierros, exilios, etc.). Sin lugar a dudas, poco más de una década después de aquellos sangrientos años, la llama reivindicativa o revolucionaria estaba completamente extirpada de nuestra tierra. ¿O no?
Durante el periodo de la autarquía franquista el conjunto del estado español vivió un periodo de gran desabastecimiento de alimentos y de bienes básicos. Muchas familias, las esquilmadas y represaliadas por el franquismo, veían agravada atrozmente su coyuntura social y económica por su condición de ser «las familias de los rojos». Muchas de ellas, con el cabeza de familia asesinado, desaparecido o encarcelado eran sacadas en solitario adelante por unas titánicas madres de familias. En aquel contexto, las autoridades del franquismo, alejadas por supuesto de cualquier idea social o de progreso, implementaron un sistema de racionamiento que a su vez contribuía a engrasar de forma paralela los engranajes de un mercado negro del estraperlo. Las empobrecidas familias represaliadas en muchas ocasiones se veían desesperadamente abocadas a recurrir a un mercado ilegal implementado y gestionado por las familias represoras.
El mes de mayo de 1951 un conjunto de movilizaciones y huelgas se produjeron en las principales ciudades españolas a consecuencia de la paupérrima situación económica; el coste de los alimentos incrementaba en más de un 30%, frente a los salarios, cuyo poder adquisitivo se desplomaba al 40% de los existentes en el año 1936.
El día 7 de mayo se rumoreaba en Pamplona que las docenas de huevos iban a costar en torno a 12 y 15 pesetas. Lejos de cumplirse aquellas ya altas previsiones, las empobrecidas amas de casa llegaron al Mercado del Ensanche, y se sobresaltaron al comprobar que el coste de la docena de huevos ascendía a las 17 pesetas, algo inasumible para la gran mayoría. La reacción no se hizo esperar, y aquellas enfurecidas mujeres, quizá porque ya no tenían nada más que perder, boicotearon la venta de aquellos huevos y en una arriesgada acción desconocida en Pamplona desde la II República, 300 de ellas partieron en una improvisada manifestación hasta la entonces sede del Gobierno Civil (actual Delegación del Gobierno de la Plaza de las Merindades). Ante el sorpresivo e inusual tumulto ocasionado por aquella manifestación conformada íntegramente por mujeres, el Gobernador Provincial del Movimiento, Luis Valero, tuvo que atender a una representación de aquellas mujeres que exigían el establecimiento de unos precios asequibles al conjunto de la población. Como se podía esperar, la reunión con el líder falangista fracasó, y aquellas bravas mujeres fueron disueltas y perseguidas, siendo incluso varias de ellas heridas por arma de fuego. Durante aquella jornada y las posteriores hasta una docena de esas amas de casa fueron detenidas.

La indignación por lo ocurrido, rápidamente prendió la mecha de una hasta entonces atemorizada y abatida clase trabajadora, produciéndose casi de inmediato llamamientos a la solidaridad, surgiendo casi de manera espontánea la propuesta de ir a la Huelga General. Durante los días 8, 9 y 10 de mayo se vivieron innumerables piquetes y manifestaciones dando surgimiento a la primera Huelga General en Navarra, llegando a ser secundada por unas 30.000 personas. La movilización obrera tuvo también seguimiento más allá de la Comarca de Pamplona, produciéndose paros, cierres y movilizaciones también en localidades como Estella, Tudela o Sangüesa. Las movilizaciones sorprendieron por completo a las autoridades franquistas, las cuales tuvieron que solicitar efectivos de fuera de Navarra para apagar las movilizaciones. La represión fue brutal. Decenas de personas fueron heridas por arma de fuego y unas 300 personas fueron detenidas y concentradas en la Plaza de Toros de la capital navarra.
Tras intensos y agitados días, el 11 de mayo se dio por finalizada la considerada como primera Huelga General en Navarra con dos importantes victorias para la clase trabajadora de Navarra. Una nada desdeñable victoria material; los empresarios y el régimen tuvieron que claudicar y asumir las reclamaciones salariales, abonar las jornadas de huelga y suprimir las cartillas de racionamiento. Y una importantísima victoria política; por primera vez desde el final de Guerra Civil la clase trabajadora de Navarra (organizada aún de forma muy débil en torno a organizaciones de trabajadores cristianas, sectores desencantados del carlismo, y embriones de organizaciones de izquierdas y nacionalistas), lograba una inconmensurable victoria social y política frente a un poderoso franquismo en uno de sus principales feudos territoriales.

El régimen franquista, aunque sin demasiado éxito a la vista de la progresiva conflictividad obrera de las décadas posteriores, temeroso de que aquella reivindicativa semilla germinara, abrió un largo proceso judicial contra 24 personas. Años después, en 1958, 14 de ellas fueron condenadas a penas de prisión de entre 1 y 6 meses, no obstante, fueron indultadas sin llegar a ingresar en prisión.

Tras aquellos acontecimientos, a pesar de la clandestinidad impuesta por la dictadura, poco a poco la clase trabajadora de Navarra fue fortaleciendo su organización, dando lugar a infinidad de conflictos y movilizaciones durante las décadas posteriores. En nuestros días, en un contexto muy distinto pero con una problemática quizá algo similar, debemos rescatar una enseñanza de aquellas heroicas amas de casa; hasta en las circunstancias más adversas la movilización y la organización de la mayoría social trabajadoras son las mejores herramientas para conquistar nuestras más necesarias aspiraciones.

Carlos Guzmán Pérez: Coordinador General de Izquierda Unida de Navarra