La revolución de Eugen Leviné

Todos los comunistas somos cadáveres “de permiso”. De esto tengo plena conciencia. No sé si se extenderá “mi permiso” o si tendré que unirme a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg.

 

  Coincidiendo con el primer aniversario de la revolución rusa, contagiado por la revuelta de los marinos de Kiel, que se amotinaron, se negaron a zarpar en una maniobra de guerra encubierta, en los albores del armisticio, e izaron las banderas rojas en los navíos; y por la revuelta que tenía lugar en Berlín obligando a abdicar al káiser Guillermo II; el 7 de noviembre de 1918, el Consejo de obreros y soldados de Munich, declaraba abolida la monarquía bávara y proclamaba la República de Baviera. Alemania era una monarquía imperial formada a su vez por las monarquías de sus antiguas reinos, Prusia, Sajonia o Baviera. Se declaraba un estado libre dentro de la revolución que tenía su curso en toda Alemania. El Consejo de obreros y soldados de Munich eligió como presidente de la República a Kurt Eisner, un veterano socialdemócrata del ala izquierda del partido. Un respetado periodista, editor de Worwarts! (¡Adelante!). Se volvió pacifista durante la guerra, lo que le valió la cárcel por traición, y su posterior abandono del partido para unirse al partido socialdemócrata independiente, cercano a los spartaquistas. El asesinato de Kurt Eisner, a finales de febrero, tiroteado por un ultraderechista de la nobleza, el conde Von Arco, fue seguido por la decisión del Consejo de Obreros y Soldados (llevado a cabo por 234 a 70 votos, con oposición comunista) de proclamar una república socialista independiente. Fue formado un gobierno de socialdemócratas, y socialdemócratas independientes, como Ernst Toller, y anarquistas, entre ellos el reputado intelectual Gustav Landauer que se encarga de Cultura y Educación. El 7 de abril de 1919 Baviera fue proclamada una republica soviética. El 13 de abril, después de la revuelta de la guarnición de Munich, los comunistas se unieron al Gobierno, que iba a ser derrocado casi un mes después, por la acción militar del 3 de mayo, cuando las tropas enviadas por Noske, quien también estuvo detrás del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, entraron en Munich a sangre y fuego. 9.000 soldados a los que se sumaron 3.000 Freikorps, paramilitares ultranacionalistas y derechistas, causando cientos de muertos, entre ellos Gustav Landauer, asesinado brutalmente a culatazos el 2 de mayo, abandonando su cadáver desnudo. El dirigente que tomó las riendas en ese segundo periodo real de gobierno soviético en Baviera, entre el 13 de abril y el 3 de mayo, fue Eugen Leviné, un revolucionario profesional, una sacrificado para la causa, con una vida de leyenda.

Nacido en una rica familia judía rusa el 19 de mayo de 1883, en San Petersburgo, se trasladó a Wiesbaden con su madre tras la muerte de su padre, cuando tenía tres años. Preparado por su madre para ser un joven distinguido de la alta sociedad, como correspondía a su posición, muy pronto rompió con ella, y renunció a un porvenir sin preocupaciones por su adhesión revolucionaria, a pesar de todas las presiones de su familia. Su futura mujer Rosa, lo conoció en 1910 en Heidelberg, una ciudad entonces rebosante de revolucionarios rusos exiliados. Rosa cuenta cómo fue. “En su círculo estaba Alexandre Steinberg, futuro ministro de justicia en el gobierno de Lenin; estaba Kamkov, un célebre dirigente de los socialistas revolucionarios rusos, pero la figura legendaria era él, Eugen Leviné”. Participante en la revolución rusa de 1905, es detenido y tras 6 meses de cárcel, se marcha de la ciudad para no comprometer a sus camaradas. Gracias a sus dotes como orador se dedica a la propaganda por las ciudades de provincias, Vítebsk, Smolensk, Briansk y Minsk. Es una tarea dura, tenaz, en la que contrae la malaria, viajando sin cesar de un sitio a otro, a veces de andando, sin descansar en camas confortables, muchas días sin comer apenas, todo ese sacrificio con el fin de sacar de la apatía a la gente, aclarar sus ideas, sembrar las semillas del socialismo. En 1907 es detenido de nuevo, en Minsk, torturado, y tras varios meses en la cárcel sin proceso, es puesto en libertad. Viaja a Alemania, a Heidelberg, donde estudia Derecho. Había pasado de sus simpatías por los socialistas revolucionarios rusos, los eseristas, al partido socialdemócrata bolchevique, el partido de Lenin. Cada vez más comprometido con la causa revolucionaria, se dedica a divulgar estas ideas por toda Alemania. Su debut como revolucionario profesional, por el Rhur y Renania, fue coronado por un éxito que le granjeó un enorme prestigio entre los obreros. Se lo contaba así a su esposa: “No venían a familiarizarse con las ideas comunistas. En el mejor de los casos, lo hacían impulsados ​​por la curiosidad característica del momento de las revueltas revolucionarias. A veces era recibido con silbidos y otras con arrebatos, pero nunca dejé de calmar la tormenta. A menudo tenía que hacer el papel de domador de leones”. 

Forma parte del núcleo de la Liga Spartacus, con Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Max Levien, Leo Jogiches, Paul Levi, Wilhelm Pieck, Julian Marchlewski, Hermann Duncker, Hugo Eberlein, Paul Frölich, Wilhelm Pieck, Ernest Meyer, Franz Mehring y Clara Zetkin, que en diciembre de 1918 se transforman en el Partido Comunista Alemán (KPD). Cuando el 4 de enero de 1919 el canciller alemán socialdemócrata, Ebert, destituye al jefe de la policía de Berlín, Emil Eichhorn, estalla la revuelta. Eichhorn era un socialista independiente, que tenía una gran popularidad entre los trabajadores revolucionarios de todos los ámbitos y filiaciones, por su integridad personal y su genuina devoción a la clase trabajadora. Su nombramiento en noviembre fue considerado como un baluarte contra la conspiración contrarrevolucionaria y una espina en la carne de las fuerzas reaccionarias. Los trabajadores de Berlín recibieron la noticia de que Eichhorn había sido destituido con un enorme enfado. Sentían que se lo quitaban de en medio por estar a su lado, defendiéndolos, frente a los ataques de derecha. Eichhorn respondió negándose a desocupar la sede de la policía. Insistió en que había sido designado por la clase obrera berlinesa y sólo podía ser removido por ella. Aceptaría la decisión sólo si venía del Consejo Ejecutivo de Trabajadores y Soldados de Berlín.

Los trabajadores salieron en masa a las calles, llamados por el partido comunista, los socialistas independientes, e incluso algunos socialdemócratas indignados con el gobierno de Ebert-Scheidemann. Acudieron armados a la central de policía para defender a Eichhorn, y ocuparon la sede del periódico Worwarts socialdemócrata, hartos de sus mentiras sobre la violencia de los spartaquistas. Eugen Leviné fue el encargado de dirigir el nuevo diario Worwarts, que se llamó Worwarts Rote ( Adelante Rojo!) Leviné es el responsable del diario, y también del edificio, convertido en refugio y hospital, pues los heridos no podían ser llevados a los hospitales, donde eran detenidos o rematados. Las reivindicaciones no quieren en ese momento la caída del gobierno, sino la restitución de Eichhorn. Pero Ebert llama al ejército, a los Freikorps, paramilitares derechistas, para sofocar la rebelión. El 13 de enero la revuelta había sido aplastada, y casi todos sus líderes detenidos o muertos, como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

Leviné que era, después de Rosa y Karl el dirigente más odiado por la policía, consiguió escapar y llegar a Brunswick, donde se esconde con el nombre de Berg, y desde allí, camuflado, va a Rusia, a comienzos de marzo, para participar en la fundación de la III Internacional. Al regresar de Moscú, la dirección berlinesa del partido le envía a Múnich para constituir y ordenar el partido comunista bávaro. Es un joven formado, enérgico, dotado de gran astucia política, el que según el historiador Sebastián Haffner “podría ser considerado, pues tenía las cualidades para serlo, el Lenin o el Trotski alemán”. El joven sensible, idealista, y educado, es capaz de presentarse en Múnich como un revolucionario radical, autoritario, no como un soñador romántico. Ello es porque quiere desactivar el primer intento de República soviética, ya que entiende que aún no se dan las condiciones. Su análisis, en un escrito del 4 de abril de 1919, es un anuncio exacto de todo lo que va a ocurrir:

“Acabo de enterarme de sus planes. Nosotros, los comunistas, tenemos una profunda sospecha sobre una república soviética iniciada por el ministro socialdemócrata Schneppenhorst y hombres como Durr, que hasta ahora han combatido el sistema soviético con todo su poder y fuerza. En el mejor de los casos, podemos interpretar su actitud como el intento de los líderes en bancarrota de congraciarse con las masas mediante una acción aparentemente revolucionaria, o peor, como una provocación deliberada.

Sabemos por nuestra experiencia en el norte de Alemania que los socialdemócratas a menudo intentaron provocar acciones prematuras que son las más fáciles de aplastar.

Una república soviética no puede ser proclamada en una mesa de conferencias. Se funda después de una lucha de un proletariado victorioso. El proletariado de Múnich aún no ha entrado en la lucha por el poder.
Después de la primera intoxicación, los socialdemócratas aprovecharán el primer pretexto para retirarse y así traicionar deliberadamente a los trabajadores. Los (socialistas) independientes colaborarán, luego dudarán, luego comenzarán a vacilar, a negociar con el enemigo y, sin darse cuenta, a convertirse en traidores. Y nosotros, como comunistas, tendremos que pagar por vuestra empresa con sangre.”

Leviné sabe que la victoria no es posible, pero asume su sacrificio, por los triunfos futuros, porque el proletariado sólo aprende a través de sus derrotas. Cuando asume el poder, sabe que se está inmolando, pero también conoce que es posible la revolución en la cercana Austria, y en Hungría, donde ya se ha iniciado. Baviera debe resistir aguantar, para ver si llega el momento encadenado de la revolución en todo Centroeuropa.
El historiador marxista, Eric Hobsbawm, dice de él: “Leviné, un profesional de la revolución lúcido, escéptico y eficiente entre los amateurs nobles que viven el sueño de la liberación, y los militantes confundidos, sabía que estaba perdido, pero también que tenía que luchar. Leviné, en el momento de asumir la dirección del Consejo bávaro, a pesar de las reticencias iniciales del Partido Comunista Alemán sobre la proclamación de la República Soviética de Baviera, advierte que desde ese momento el partido estaría en “la vanguardia de la lucha”, contra cualquier intento contrarrevolucionario, e insta a los trabajadores a elegir “delegados sindicales revolucionarios” para defender la revolución; deben -dirá Levliné a los trabajadores-, “elegir a los hombres consumidos por el fuego de la revolución, llenos de energía y agresividad, capaces de una rápida toma de decisiones, mientras que al mismo tiempo posean una visión clara de las verdaderas relaciones de poder, por lo tanto capaces de elegir sobriamente y con serenidad el momento de la acción”

Leviné, a pesar de la declaración triunfalista de su compañero Max Levien, observa que, aunque gobiernan, poco ha cambiado en los primeros días:

“En el tercer día de la República Soviética, en las fábricas, los trabajadores se esfuerzan y se emborrachan como nunca antes con los capitalistas. En las oficinas están los mismos funcionarios reales. En las calles, los viejos guardianes armados del mundo capitalista mantienen el orden. Las tijeras de los especuladores de la guerra y los cazadores de dividendos aún no desaparecen. Las presiones rotativas de la prensa capitalista todavía resuenan, arrojando veneno y hiel, mentiras y calumnias a la gente que anhela la claridad revolucionaria. Ni una sola institución de la burguesía ha sido desarmada, ni un solo trabajador ha sido armado”
Se pone manos a la obra de inmediato, y ordena la expropiación de pisos de lujo para entregarlos a las personas sin hogar. Se reparten miles de armas a los obreros. Se dictan las órdenes para que las fábricas sean administradas por consejos conjuntos de trabajadores y propietarios, y para que el control de la industria sea realizado por parte de los trabajadores. Leviné, como los bolcheviques habían hecho en Rusia, establece unidades de la Guardia Roja para defender la revolución. “Debemos acelerar la construcción de organizaciones de trabajadores revolucionarias. Debemos crear consejos de trabajadores a partir de los comités de fábrica y el vasto ejército de desempleados”.
Las posiciones de ambos dirigentes de la comuna bávara parecen tener eco en los dos saludos, tan dustintos, que enviaron Zinoviev y Lenin. El primero cargado de retórica.

Al Comisario del Pueblo para Asuntos Extranjeros, Múnich.
En nombre del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, envió mi caluroso saludo a través de ustedes al proletariado de Baviera, quienes han fundado la Republica Soviética. Estamos profundamente convencidos de que no está lejano el tiempo en que Alemania sea enteramente una República Soviética. La Internacional Comunista es consciente de que en Alemania están combatiendo en los puestos más responsables, donde el destino inmediato de la revolución proletaria en todas las partes de Europa será decidido.
¡Viva el proletariado alemán y su Partido Comunista! ¡Viva la revolución comunista mundial!
Presidente del Consejo Ejecutivo de la Internacional Comunista, G. Zinoviev.

Mientras que el de Lenin, lleno de preguntas concretas, parece cargado de las mismas preocupaciones que asolaban a Leviné. Sabe que una revolución triunfante debe tomar medidas revolucionarias desde el primer día, si no lo hace está perdida, ante el adversario y frente a las masas. Ésta es una enseñanza de plena vigencia y actualidad ante el auge de movimientos populistas que al llegar al poder disuelven todas sus propuestas para que nada cambie.

Saludo a la República Soviética de Baviera.
Agradecemos su mensaje y, por nuestra parte, saludamos de todo corazón a la República Soviética de Baviera. Les pedimos encarecidamente que nos den información más frecuente y más concreta sobre qué medidas han adoptado para luchar contra los verdugos burgueses, los Scheidemann y Cía.; si han creado soviets de obreros y empleados en los distintos barrios de la ciudad (Munich, ndr.); si han armado a los obreros y desarmado a la burguesía; si han aprovechado los depósitos de ropas y otros artículos para prestar una inmediata y amplia ayuda a los obreros, y sobre todo a los peones agrícolas y a los pequeños campesinos; si han expropiado las fábricas y los bienes de los capitalistas de Munich, así como también las haciendas capitalistas en sus alrededores; si han cancelado las hipotecas y los pagos de arriendos de los pequeños campesinos; si han duplicado o triplicado el salario de los peones agrícolas y los obreros no cualificados; si han confiscado todas las existencias de papel y todas las imprentas a fin de poder imprimir volantes y periódicos populares para las masas; si han implantado la jornada de 6 horas, con dos o tres horas diarias de instrucción sobre cómo administrar el Estado; si han hecho entregar a la burguesía de Munich sus viviendas sobrantes para instalar inmediatamente a los obreros en cómodos apartamentos; si han tomado en sus manos todos los bancos; si han tomado rehenes de las filas de la burguesía; si han implantado raciones más elevadas para los obreros que para la burguesía; si han movilizado a todos los obreros, tanto para la defensa como para la propaganda ideológica en las aldeas vecinas. La más rápida y amplia aplicación de estas medidas y otras análogas, acompañadas de la iniciativa de los soviets de obreros, de peones agrícolas y, aparte, de los pequeños campesinos, contribuirá a fortalecer la situación de ustedes. Es necesario gravar a la burguesía con un impuesto extraordinario y asegurar enseguida y a cualquier precio un mejoramiento efectivo en la situación de los obreros, los peones agrícolas y los pequeños campesinos.
Con los mejores saludos y deseos de éxito.
Lenin.

Leviné consiguió escapar a la entrada de las tropas en Múnich entre el 1 y el 3 de mayo. Se escondió. El 12 de mayo le escribió a Rosa Leviné: “Por fin puedo enviarte algunas palabras, mi amor, querida. Estuviste todo el tiempo a mi lado y mi corazón se regocijó cuando pensé en el último período de nuestra vida. Durante todo el tiempo, en esas horas desesperadas, horas de terror, estaba lleno de esos recuerdos. Recordé nuestras conversaciones, las palabras, los besos y caricias. No estés triste, Oslishechko*. Estoy alegre y lleno de energía. A pesar de toda la angustia, estoy mirando al futuro con confianza. En cuanto a nosotros, espero firmemente que estemos juntos muy pronto. Y junto con el niño antes de mi partida”
Ese mismo día, Leviné fue arrestado. La celda de Leviné se dejó abierta con la esperanza de que los guardias lo mataran a golpes. Según su esposa: “Los soldados patrullaban constantemente los pasillos, entraban a su celda y lo mantenían en un estado de terror y gran suspense”. Un guardia le dijo a su esposa: “nos dijeron que su marido ordenó la ejecución de 10.000 guardias de prisión y policías”. Era la misma táctica del embuste que usaron contra los spartaquistas berlineses.

En el juicio, Leviné dio ejemplo de su temple revo-lucionario, prescindió de su abogado y se defendió el mismo con gallardía y lucidez ante cada acusación, Leviné defendió su actuación con orgullo:

“La revolución proletaria no tiene necesidad de terror para sus fines; detesta y aborrece el asesinato. No necesita estos medios de lucha, ya que no lucha contra individuos sino contra instituciones. ¿Cómo surge la lucha? “¿Por qué, habiendo ganado el poder, construimos un Ejército Rojo? Porque la historia nos enseña que cada clase privilegiada hasta ahora se ha defendido por la fuerza cuando sus privilegios han estado en peligro. Y porque lo sabemos, porque no vivimos en las nubes. Porque no podemos creer que las condiciones en Baviera sean diferentes, que la burguesía bávara y los capitalistas se permitirían ser expropiados sin lucha, nos vimos obligados a armar a los trabajadores para defendernos contra la embestida de los capitalistas desposeídos”.

Y aceptó su sentencia una sentencia que no era jurídica, como él indicó, sino política, y que ya estaba dictada de antemano.

“Todos los comunistas somos cadáveres “de permiso”. De esto tengo plena conciencia. No sé si se extenderá “mi permiso” o si tendré que unirme a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. En cualquier caso, espero su veredicto con serenidad y paz interior. Porque sé que, sea cual sea su veredicto, los eventos no pueden detenerse … Pronuncie su veredicto si lo considera oportuno. Sólo me esfuerzo por frustrar su intento de manchar mi política. La actividad, el nombre de la República Soviética con la que me siento estrechamente vinculado y el buen nombre de los trabajadores de Múnich. Ellos, y yo junto con ellos, todos hemos tratado de hacer lo mejor que podemos saber y entender. Para cumplir con nuestro deber hacia la Internacional, la Revolución Mundial Comunista”.

Condenado a muerte, el gobierno socialdemócrata rehusó su indulto, querían acabar con él, como con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, acabar con el ejemplo de los que no se rinden, doblegan, de los líderes de la revolución alemana. Leviné fue fusilado en la prisión de Stadelheim el 5 de julio de 1919.
Ese revolucionario abnegado, que había ocultado por la causa su fibra más romántica, era el mismo que escribió a Rosa en una de sus primeras cartas:

“Hemos alcanzado un grado de felicidad que nunca se superará. Todo parece alcanzar sentido y significado. Me despierto contigo, camino contigo todo el día, me acuesto y mi brazo derecho te espera con alegría y ternura … Gracias. Por hacerme joven de nuevo, por enseñarme a amar tan profundamente, a brillar y a amar, y por amarme, por el regalo de tu amor tierno, delicado, apasionado”.

Y quien, en el último encuentro con su esposa, antes de morir, le dirá: “Pronto terminará todo. Eres tú quien sufrirá más. Pero no lo olvides: no debes vivir una vida sin alegría. Debes pensar en nuestro hijo. No debe cargar con una madre infeliz.”