Tres niñas en Bélgica

“Cientos y cientos de familias belgas fueron generosos con los Niños de la Guerra Española .”

Porque el Gobierno de la República y el Vasco lo permitían, nuestros padres, allí, en la vorágine de la guerra, podían habernos enviado a las tres niñas, a las tres Sagarzazu, bien a Inglaterra, bien a Francia, bien a México, bien a la URSS, o bien a no sé cuántos países más, exceptuando —claro está—, los del nacional social-fascismo, es decir, Alemania e Italia. Podían, sí, pero no pusieron reparos a la propuesta de Cruz Roja de enviarnos a Bélgica, esa tan pequeña y simpática nación, independizada de los Países Bajos hacía algo más de cien años.

No creo que conocieran mucho del país. Acaso y sin más argumentos, les gustó la coincidencia de la primera sílaba con la de nuestros nombres.
—¡Por favor! ¡Por favor! Reclamaba nuestra ama deslizando lágrimas el día del embarque, allí. Supongamos tres niñas: Belén, Beatriz, y Begoña. Esta última, supongamos que soy yo, la más pequeña. Supongamos también que somos hermanas, nacidas en Donosti y que, de tener una cuarta, de seguro también se llamaría Be… Acaso, Bernarda. Pero esto último no importa para la historia que deseo relatar.

En Santurce, en la dársena del puerto, allí en la escalerilla del buque “Habana” a punto de soltar amarras: ¡Que no las separen! ¡Por favor! ¡Siempre juntas a todas partes! ¡Que no las separen! Diez años tenía Belén, ocho Beatriz y seis yo; como ya he indicado, la más pequeña, la Bego. Aita lloraba por dentro, y yo, aunque aún niña, lo podía percibir. Él por fuera sonreía. Con sus manos rudas y tiernas a la par, nos acariciaba en la cabeza, a las tres.
Aita sabía que eso de —la no separación—, sería difícil, y así fue. ¡Cuidaos! ¡Cuidad de vuestra hermana! Aún es muy pequeña! —Proclamaba—. Sabía que las tres éramos pequeñas pero había que repartir responsabilidades, la mía era obedecer a las mayores.

—Regresaréis pronto, en cuanto esto termine. De aquí no nos moveremos, os estaremos esperando —decía nuestra Ama—.
Yo lo quise creer, al menos hasta que la lejanía del buque lo hizo casi imposible. Con mirada de aguilucho emocionado comprobé que, efectivamente, allí seguían. No paraban de agitar el pañuelo. Sí, allí seguían. Pero…
Pobre Ama, ¿cómo iba ella a saberlo? No podría esperarnos. Una de esas bombas, de las muchas que llovieron sobre Bilbao, acaso esa de la que nosotras pudimos librarnos, acabo con su vida, con su esperanza de recuperarnos. ¡Pobre Ama!

En Bélgica nos aguardaban familias de acogida. Gentes sencillas y solidarias, decorosas. Gentes que repudiaban el golpe militar de Franco. Gentes que deseaban dar acogida y protección a unos niños que, con toda probabilidad hubieran sido víctimas de las bombas rebeldes, de la maquinaria de muerte.

En Amberes pisamos tierra belga. De allí, un grupo de niños y niñas, aproximadamente la mitad del centenar de la primera expedición, con destino a Bruselas. En el otro medio, nosotras, las tres hermanas, con destino a Gante. Ama y Aita parecían tener razón —siempre juntas.
Sólo lo parecía.
El pequeño salón del teatro donde se produjo el reparto y aceptación de niños…, repleto. Familias bondadosas, sonrientes. Deseosas de repartir amor, amor solidario y desprendido. En esa primera distribución, más familias de acogida que niños por acoger. Familias generosas pero —y ese era nuestro caso—, obstaculizadas de acarrear al unísono con tres niñas. El deseo de nuestra Ama se hacía imposible. Tres niñas, tres familias. La mía, en su generosidad, compartiendo un reducido apartamento de un tercer piso, en un pequeño dormitorio junto a dos criaturas de aún menor edad que la mía. Éramos niños y, aunque nos adaptamos, en mi borrosidad recuerdo esas primeras semanas como días difíciles. Además de la edad y la separación de mis hermanas, el idioma era una barrera.

Cuando parecía que el tiempo conseguía borrar obstáculos, llegó la tragedia familiar. El padre, encofrador en las alturas, sufrió un grave accidente laboral. El percance lo inhabilitaba para el trabajo.

A continuación, algo inevitable, nueva familia de acogida, nuevo comienzo. Es una pena, guardo un recuerdo muy difuso de los niños, también de sus padres. Quizás, de haberse evitado el accidente, mi futuro hubiera sido distinto. ¿Mejor? ¿Peor? ¿Quién sabe?

Melchor y Brigitte, en esta ocasión un matrimonio sin niños. Con ellos crecí. En escaso tiempo el idioma dejó de ser un obstáculo. Mi nueva familia residía en Dendermonde, a unos cuarenta kilómetros. Aumentó la lejanía con mis hermanas, no volví a verlas en mucho, mucho tiempo.
Ellas siguieron en Gante hasta el final de la Guerra Civil. Luego con ayuda de Cruz Roja Internacional regresaron a Donosti, con nuestro Aita. Allí se enteraron de la tragedia del bombardeo en Bilbao, de que éramos huérfanas de madre. Dicen que aún siendo como eran niñas, recuerdan muy emotivo el reencuentro. Yo no lo hice hasta muchos años después. En la nueva familia fui tratada con mucha ternura, como si de unos padres y una hija verdadera se tratara. El cariño resultó mutuo, recíproco, en ambas direcciones.

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Quizás sin ser muy conscientes, con el paso del tiempo, fueron olvidando el carácter temporal de la acogida. Eran tiempos convulsos en toda Europa, la guerra española había terminado y daba comienzo otra igual de cruel aunque de mayor envergadura. Ya no eran tiempos de regreso. Los alemanes invadían Bélgica y yo seguí creciendo, descubriendo mí mundo de acogida bajo el cobijo de Melchor y Brigitte, mis protectores, ¿mis aitas?

Ellos, al igual que cientos y cientos de familias belgas fueron generosos con los Niños de la Guerra Española. Lo fueron infinitamente más que nosotros, los europeos de ahora en la actual guerra siria, donde, sin pudor, miramos para otro lado ante la desgracia de miles y miles de niños «sin acogida»

Por aquellos días se rumoreaba que muchos padres de los niños españoles habían sido víctimas de los bombardeos y de la represión franquista. Como a un clavo ardiendo —así me lo explicaron años después—, se aferraron a la idea de apadrinar a una niña huérfana. Se equivocaron al menos en un cincuenta por ciento. Reconozco que mi corazón, al menos en el cariño que de él emana, quedó partido en dos, mitad en Dendermonde, mitad en Donosti.

Tardé muchos años en regresar a Euskal Herria. Lo hice con mi marido, un arquitecto al que conocí y del que me enamoré en la universidad de Lovaina. Los dos éramos estudiantes, naturalmente, yo ya no era la misma Begoña de entonces, la más pequeña de las tres hermanas vascas. Resultó muy pero que muy emotivo abrazar y besar, abrazar y recibir en la cabeza caricias de mi aita, abrazar y besar a Belén y a Beatriz. También juntas, relatar antiguas historias de Bélgica
Pero esa sí, esa es otra narración.

Relato inspirado en crónicas entresacadas de sus protagonistas.

Vladimir Merino Barrera
Escritor