La Casa Azul

«Creían que yo era surrealista» decías, «pero no lo era,
nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad»

El día de tu nacimiento el cielo de Coyoacán se brindó limpio, despejado. De seguro así debió ser. Emulaba el azul brillante, intenso, atrevido y descarado de tu hogar, de sus fachadas. Anunciaba el nacimiento de una estrella, el devenir de algo importante. La Casa Azul, sobrevivió al tiempo, a las alegrías, también a las tristezas. Quienes adoraban, Frida, tu trabajo, decidieron que allí debería estar tu sitio, porque sí y para siempre. El museo. Tu inmortalidad.

Dicen que en la enfermedad, en lo físico, fuiste desgraciada. Debió ser cierto, supongo, (lo de desgraciada). También dicen que eras resistente, incombustible, no lo dudo. Era necesario portar una madera especial para, con tu bagaje, llegar como tu llegaste, hasta los cielos de la superación.

No quiero hablar aquí de tus enfermedades, tampoco del maldito accidente de tráfico, ése de las siete de la tarde, ése de la colisión de tu autobús con un tranvía. Todo aquel a quien interesas, lo sabe. Lo sabe y admira tu valor, tu energía. Quiero hablar de lo importante, de tu legado, si acaso, más valorado conociendo lo anterior.
A tus primeros y adolescentes quince años marcabas diferencias. Ingresaste en la prestigiosa Escuela Nacional Preparatoria de México. Dos mil alumnos, de ellos, apenas veinticinco mujeres.
Tú, con los Cachuchas, llamados así por la gorra identificativa que usaban, que usabais. Los Cachuchas, ese grupo estudiantil, reivindicativo e incómodo para las autoridades. Tu gorra, tu voz, tu pasión. Desde jovencita, tus deseos, tus pasiones…

Fiel al espejo, reflejo de tu vestir, en el lienzo cargabas de bello colorido los trazos de tus ropas: atrevidos, elegantes; reivindicativos de la cultura de tu tierra, tanto precolombina como del período colonial. Transgresora si acaso para las convicciones al uso. Hasta en eso, Frida, resultabas brava, indomable.
Pintabas, y pintabas mucho. En tu generosidad, también en la de Diego Rivera, tu marido, por un tiempo en La Casa Azul disteis cobijo a Trotski. Exiliado, desavenencias fatales en su tierra natal. Al tiempo, a manos de Ramón Mercader, asesinado. En primera instancia, a ti y a Diego os acusaron, os detuvieron. Al poco quedasteis en libertad; lo absurdo era insostenible.

herri frida y Trotski

Continuaste con tu pasión, tus cuadros, tus retratos, tus colores… «Creían que yo era surrealista» decías, «pero no lo era, nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad» Alguien escribió que era imposible separar tu vida de tu obra… Tus pinturas, tus más de doscientos cuadros son biografía, tanto para la felicidad como para el dolor. Justificabas pintar autorretratos por estar mucho tiempo sola. Aun así, y eran palabras tuyas, admitías que, amurallar el propio sentimiento es arriesgarse a que te devore desde el interior. También, «me pinto a mí misma porque soy a quien mejor conozco» argumentabas con ironía, a veces con desesperación. Motivos no faltaban. Había mucho contra lo que luchar. En las horas bajas, mucho que superar.

Tentada estuviste de caer en la trampa del alcohol. Lo superaste. Llegaste incluso a escribir que deseando ahogar tus penas en licor, las muy condenadas aprendieron a nadar. Humor no te faltaba. En numerosas ocasiones, con tu potente personalidad, con tu diminuto cuerpo gritaste ¡VIVA LA VIDA! Y, en ese grito, con dificultad añadida, deseabas, necesitabas agarrarte a cada instante, a cada soplo de aire. No hay tiempos perdidos, insistías. «Cada tic-tac es un segundo de la vida, y no se repite. Hay en ella tanta intensidad, tanto interés, que el problema es sólo saberla vivir». Nadie podrá decir que en esto no eras consecuente.

Pocos meses faltaban para tu fallecimiento. En una cama del hospital, trasladada por amigos y un enfermero, en medio de una galería, con chistes y cantos, con algún que otro brindis, deleitaste a los presentes, invitados, curiosos, fotógrafos y periodistas. El médico te lo tenía prohibido, tú, aun así, erre que erre, a lo tuyo. Se trataba de una de tus exposiciones en El Centro de arte Contemporáneo de Ciudad de México. Te quedaban pocos, lo sabías, quizás por eso y sólo por eso, deseabas aprovechar hasta el último tic-tac.
Frida, inmortal.

Vladimir Merino
Escritor